Nadie ha disparado sobre Pablo Hasél y por eso está plácidamente en la cárcel haciendo de combustible de lo que sus versos de letrina chekista piden a gritos de marrano en la matanza. Es una lástima, ya no hay caballeros, gorrinos antropomorfos muchos, e hideputas ni te cuento. Pablo Hasél es el paradigma de todos ellos, sólo y exclusivamente por cómo escribe y cómo canta.
Toda la piara que le llora con el cóctel molotov en la calle, con la sillita eléctrica en el Congreso, y con la cartera llena del senil Club de la Ceja, quiere que le pongan en libertad para que siga componiéndole madrigales al tiro en la nuca. En la nuca de la policía y de la derecha, claro. Libertad de Expresión le llaman a eso. En la España de la que ya no queda ni el recuerdo, la Libertad de Expresión tenía un límite, el valor del que de ella se servía, y un precio, el duelo. El destinatario de una ofensa o de una amenaza, en verso o en prosa, en copla o en discurso tabernario o parlamentario (perdón por el pleonasmo) le mandaba los padrinos al remitente y le daba a elegir: sable o pistola, a primera sangre o a muerte. Y en paz, asunto ventilado.
La prohibición del duelo marca el inicio de la decadencia y del “calumnia, que algo queda” que juega siempre a favor del que, en nombre de la Libertad de Expresión, ofende o amenaza, sin mayores consecuencias que una multa o un ratito en la cárcel, como Pablo Hasél, que tiene que estar pletórico viendo cómo su club de fans incendia España para defender a un gilipollas que escribe como un patán y canta como un gorrino en San Martín. A Quevedo, Pablo Hasél no le hubiera durado dos estocadas ni un verso.
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