viernes, 4 de noviembre de 2016

Antonio Sánchez García: Las palabras y las cosas EL Mismo PAÍS

El Mismo PAÍS/4 de noviembre

Leo un importante artículo de un columnista de El País vinculado por amistad e intereses ideológico políticos con nuestro país, el analista argentino Héctor Schamis, que pone el dedo en una de nuestras más dolosas y dolorosas llagas: nuestra inconsistencia intelectual y moral, que él ve corporeizado en la absurda semántica de la dictadura y, – ¿por qué silenciarlo? – también en los insólitos e inexplicables vaivenes semánticos de la oposición democrática. Que ha tardado diecisiete años en descubrir que esta democracia “protagónica” y esta “revolución bonita” – otros trágicos eufemismos de nuestra pervertida semántica – ocultaba una tiranía. 
En Venezuela la dictadura, que ha estado en la médula del proyecto chavista y bolivariano desde mucho antes del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 y vinculado desde fines de los cincuenta-comienzos de los sesenta con las guerrillas castrocomunistas, ha podido asentarse por todos sus fueros, prácticamente sin una sola observación en contrario de sus dolientes; asesinando, estafando, violando, ultrajando honras y saqueando bienes en nombre de la democracia. Y la oposición ha sido reducida a escombros, sin un solo acto de legítimo y honorable acto de autodefensa, acusada de fascista. Un quid pro quo que sólo puede ser metaforizado mediante el cuento del lobo y caperucita roja. Un cuento de horror que le ha costado al país su ruina y su devastación. Y que fuera comprado en paquete desde sus mismos inicios por la propia burguesía empresarial, financiera, mediática, académica, política, artística, intelectual, militar y clerical del país, sin provocarles el menor empacho. 
Jueces, fiscales, filósofos, banqueros, empresarios, militares y arzobispos sirvieron prolíficos y voluntariosos a la perversión de nuestro lenguaje político. Que era la perversión de nuestra esencia.
Schamis hace mención de la semántica – vulgo: significación de las palabras. Y como en el principio fue el verbo, la brutal y criminal distorsión de las palabras que se viven en Venezuela por lo menos desde que los principales medios liberales del país se encargaran de convertir a un forajido en un héroe, y a un asaltante y asesino como Hugo Chávez en un samaritano, esa semántica del absurdo no es más que la brutal y criminal distorsión culpable o inocente, espontánea o inducida de los hechos, actos y fenómenos que ellas encubren. Inocencia o culpabilidad que solapan, en la realidad, la estupidez o la felonía. Desde por lo menos el 4F del 92 los venezolanos – todos a una, genios o minusválidos – nos hemos destacado por ser estúpidos o malvados. 
Le dimos credibilidad a un forajido de milagreros y resentidos.
El artículo de Schamis me abruma, pues cargo desde esa aciaga y nefanda fecha una pesadumbre que estos 24 años transcurridos desde entonces no han logrado quitarme de encima y me amenazan con llevarme al final de mi vida con la más profunda y existencial decepción sufrida en el diario batallar con mi circunstancia. No puedo olvidar las páginas y páginas de todos los periódicos venezolanos y las horas y horas y horas de comentarios políticos de sacerdotales opinadores de radio y televisión, dedicadas a ensalzar, publicitar y engrandecer la felonía de los coroneles golpistas y endiosar al peor, más vil, oportunista y siniestro de todos ellos, Hugo Chávez. Con tres excepciones de la primera hora que no me he cansado en reconocer, pues fueron, hasta hoy, voces solitarias en sus gremios: el jesuita (sic) Luis Ugalde, el filósofo Juan Nuño y el historiador Manuel Caballero. Primeros testigos del naufragio. Todos los medios se dedicaron a pavimentar el asalto nazi fascista de Hugo Chávez al poder, haciendo un uso sistemático e inescrupuloso de la violación semántica a la que se refiere Héctor Schamis: mintiendo, falsificando, corrompiendo las palabras y las cosas. Hasta el día de hoy, en que esa lepra semántica que obnubila nuestros sentidos continúa dominando los espíritus y pavimentando, ahora, el camino al colmo de los absurdos semántico políticos: el “diálogo”. Voz platónica que suplanta la vieja conminación de los asaltantes sinceros: la bolsa o la vida.
Me abruma que aquellos que guardaron un estruendoso silencio el día en que el villano se juramentara en el hemiciclo, humillando a toda la clase política y jurídica que lograra cuarenta años antes el prodigio de redactar y hacer valer la mejor constitución de nuestra historia que él difamara “por moribunda”: al presidente de la república, uno de sus firmantes, y a todos los parlamentarios presentes – entre ellos Henrique Capriles y Henry Ramos Allup. Que sean ellos los que continúen disputándose el control de la oposición, después de diecisiete años de humillaciones y tropelías, aún incapaces de responder con virilidad, con unanimidad y coraje a la villanía de la escoria que sobrevive al frente de nuestra sociedad lo dice todo.
Me duele que aún hoy el empresariado siga obsecuente y parásito los dictados de la dictadura, que los militares hayan dado muestras de cuán cobardes, cuán oportunistas, corruptos y rastreros pueden llegar a ser. Me duele que las máxima autoridades de los jesuitas que hoy mandan en el más alto sitial de la cristiandad, continúen esparciendo la falacia de su falsa semántica. ¿Qué significa la palabra “alternativa” para Arturo Sosa, SJ? ¿Qué significa la palabra diálogo, para SS Francisco? ¿Qué significan las palabras “democracia” y “libertad” para Barak Obama, Hillary Clinton y el Departamento de Estado?
Es cuando aparece en todo su dramatismo la perversión semántica que nos abruma. Sería un consuelo que sólo se hubiera expandido entre nosotros, los venezolanos. Temo que ya sea una peste de dimensión continental y mundial. No presagia nada bueno.
@sangarccs

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