jueves, 29 de septiembre de 2016

CARLOS .MONTENEGRO/TalCual ORIANA FALLACI, LA CORRESPONSAL

ORIANA FALLACI Su fama de corresponsal de guerra le abrió las puertas de los palacios del poder y ella entró irreverente y directa.  
En un edificio de la calle 71 de Nueva York vivía una mujer menuda rodeada de libros antiguos y cuadros carísimos. Estaba enferma de cáncer, comía y dormía poco, fumaba unos 50 cigarrillos diarios y, a cada rato, revisaba que continuara en su sitio el letrero que había colgado en la puerta de su departamento: Go away! (¡Márchese!). Pasaba los días, en silencio y con el teléfono desconectado, ante una vieja Olivetti escribiendo (y reescribiendo) una inconclusa novela sobre sus ancestros.
La semana pasada, el 15 de septiembre, se han cumplido diez años de su muerte. Tenía 77 años. Esa señora ermitaña y huraña se llamaba Oriana Fallaci, (Florencia, 29 de junio de 1929-15 de septiembre de 2006), y durante décadas fue la entrevistadora más temida por “los todopoderosos de la Tierra”, como ella misma llamaba a los dirigentes políticos del mundo.
Periodista y escritora, firmó una docena de libros que vendieron más de veinte millones de ejemplares. Como periodista ganó un gran prestigio internacional, especialmente por sus entrevistas a celebridades como el rey Husein de Jordania, Vo Nguyen Giap, Pietro Nenni, Giulio Andreotti, Giorgio Amendola, el arzobispo Makarios, Yasser Arafat, Reza Pahlavi, Haile el Selassie, Federico Fellini, Indira Gandhi, Golda Meir, el Papa Benedicto XVI, Nguyên Van Thieu, Ali Bhutto, Muamar-el-Gadafi, Den Xiaoping, Willy Brandt, Orson Welles, Sean Connery, Henry Kissinger, Leopoldo Galtieri (a quien llamó "torturador") o el Ayatolá Jomeini (al que increpó como “tirano” y se quitó el velo o chador exigido para realizar la entrevista).
En los tiempos de la "carrera espacial", Fallaci entrevistó en la NASA a los astronautas del Apolo 12, con cuyo comandante, Charles Conrad, debió sostener un tórrido romance, pues hasta llevaba su foto cuando pisó la Luna.
Fue la primera mujer italiana corresponsal de guerra y sus crónicas la hicieron universalmente famosa. Su carrera como enviada especial fue tremenda. Cubrió las guerras de Corea, Indochina, Vietnam, siguió también los conflictos entre la India y Pakistán, en Oriente Medio y América Latina. Estaba en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, la mañana que mataron a JF Kennedy, en 1968 reportó también la muerte de su hermano Robert en California, y la de Martin Luther King en Memphis. El 2 de octubre 1968, Fallaci resultó herida por una ráfaga de metralleta en la Plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México, cuando cubría una manifestación de protesta de los estudiantes mexicanos, en lo que hoy se recuerda contra la “matanza de Tlatelolco”. Desde España reportó la enfermedad y muerte de Franco en 1975.
En Oriana Fallaci transitaba una mujer talentosa, tenaz y desafiante, envuelta en frustraciones sentimentales, que se convirtió en una periodista diva y déspota, de fama internacional. Pasó de retratar estrellas de cine y astronautas, a ser testigo de terribles guerras, conociendo a los personajes que moldearon el mundo contemporáneo y, ya en el ocaso de su vida, acentuando con sus agrias opiniones la polémica en la que estaba acostumbrada a vivir.
El hecho de tener un carácter reservado e independiente, y que trabajase el periodismo de agencia, la mantuvieron en un segundo plano en sus inicios. Sin embargo, su particular visión de los acontecimientos y su magnífica prosa narrativa terminó por hacerse notar en los lectores. Sus reportajes se comenzaron a divulgar en las publicaciones más importantes de la época: L’Europeo, Corriere della Sera, Le Figaro, Paris-Match, The Times, Die Welt, Time Magazine, Life, The Washington Post…
Y así surgió el “estilo Fallaci”: tenacidad para buscar la noticia, habilidad para construir el artículo como un relato y presentarse como uno de los personajes del encuentro. Su fama de corresponsal de guerra le abrió las puertas de los palacios del poder y ella entró irreverente y directa.
“Las preguntas son brutales porque la búsqueda de la verdad es una especie de cirugía, y la cirugía duele”, decía.


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