miércoles, 27 de julio de 2016

MANUEL BARRETO HERNAIZ La pared de tapia

 
LA PARED DE TAPIA


Recientemente  Vladimir Villegas nos recreaba con un  documentado artículo – “El Muro de San Antonio”- una aproximación analógica de la caída del Muro de Berlín, con el desplome, el marasmo, el desmoronamiento de esa pared de tapia que resultó el tan cacareado “Socialismo del Siglo XXI”.     
Es que el epílogo de esta absurda charada no podría resultar muy diferente al escrito en todos los delirantes ensayos que han precedido a èste que ya va de salida. Ahora, pasado el fervor que encegueció a tantos compatriotas, lo único que este carajeado país vive es  el desenfreno inculcado, irresponsable, natural como proceso irreversible de la historia, que muestra  la verdadera corrupción moral y material. Aquél "patria o muerte", que adornó los frontispicios de cuarteles y guarniciones, hoy tan sólo guarece en su interior el reparto de las migajas de un país que fue tomado por asalto, y miserablemente saqueado. Un grosero materialismo invadió todo el estamento revolucionario, que se fundó y justificó en aquellas proclamaciones indiscriminadas; que propició la necesidad de la acción y las virtudes de la violencia y luego, en nombre de esa afirmación, se empeñó en la apología de la crueldad, de la violencia sin propósito; de una división de clases que realmente, en eso si fueron exitosos, pues lograron la transformación de la clase media en media clase. Ahora “el soberano” se transforma en ciudadano y parece descubrir que la Revolución tenía, sobre todo, fines económicos. 
Esta parodia de  “Socialismo Siglo XXI” que pronto acompañará a sus extintos modelos no acabó con las diferencias y los privilegios, sino que los ha intensificado; no ha generó riqueza y bienestar para todos, sino que los concentró en unos pocos; no logró respeto y dignidad para cada uno de los ciudadanos, sino que ha centrado como sagrado un modelo único, vetusto, y fracasado, mediante la burla, la iracundia y la intolerancia; y aún insiste en lograr igualdad, pero sólo haciéndonos a todos iguales en la miseria. Y no podría ser otro el desenlace porque en todas partes donde el socialismo fue puesto en práctica se demostró que conduce hacia la pobreza y el desorden económico.  Porque el socialismo se apoya primordialmente en el Estado y en la sociedad y no en el individuo con su responsabilidad y dignidad humana. Porque, en tanto que la Social Democracia, la Democracia Cristiana y el Liberalismo aceptan el sistema económico de mercado y la necesidad de un estado regulador y hasta partícipe del sector productivo, el “Socialismo Siglo XXI” que dice distanciarse al del siglo XIX, nunca ha salido de él, puesto que sus enseñanzas surgieron a partir de aquellas teorías filosóficas, históricas y económicas y están encasilladas allí. 
No se conformó con acabar con el aparato productivo industrial, no les bastó desbaratar todo el sector agropecuario y poner en evidente peligro la seguridad alimentaria de la Nación, sino que desperdició este irresponsable gobierno buena proporción de sus recursos humanos: sus profesionales y científicos, sus empresarios, sus obreros calificados. El sector laboral colapsó hace tiempo pues se le hizo dependiente de una estructura económica que no favoreció ni la eficiencia ni la productividad, el trabajo con el Estado no logró convertirse en una fuente de riquezas para la ciudadanía, ni en una condición para satisfacer la estructura de necesidades de las familias venezolanas. 
Un “Socialismo Siglo XXI”  que se empeñó en ahondar la división y en la hostilidad entre los venezolanos, olvidando que la armonía y la convivencia son las categorías fundamentales tanto de la existencia humana como de la política. Ha sido tal la incapacidad de este régimen mediocre, aunado a la inmoral corrupción, que los índices de desigualdad, el retroceso de la educación y la salud pública, la inseguridad, la violencia y la pelea permanente que conlleva esta patética Revolución que ni siquiera pudo mantener la seguridad alimentaria ni controlando e invadiendo propiedades productivas, así como tampoco controlando los puertos, donde se desembarca el 75% de cuanto se consume. 
Esta Revolución  fracasó, tal como todas cuantas le han precedido, porque generó una vergonzosa involución hacia la dependencia, conduciendo a amplios sectores de la población hacia una postura demandante y de acrítica postración, pretendiendo instaurar la mediocridad y la complicidad, pues no sólo las dádivas van a los más desfavorecidos, sino también a otros estratos sociales, una especie de plusvalía de la sinvergüenzura. 
La honestidad y la transparencia en la administración pública y la decencia en los actos de gobierno no fueron, desde sus inicios, la esencia de este proceso. Por eso,  este socialismo siglo XXI no solo fue ineficiente como organización económica, sino que ha sido fundamentalmente inmoral porque su funcionamiento así lo condiciona.
Venezuela quiere y merece ser un país pujante y competitivo y lo lograremos si privilegiamos, fundamentalmente, la educación, y si revalorizamos la cultura del trabajo.
Tendremos un país sano, un país confiable, un país del siglo XXI, ese día en el cual contemos con una institucionalidad que vaya más allá de la claridad y de la permanencia de sus reglas, la probidad de su sistema jurídico y el respeto irrestricto de los derechos individuales garantizados por la Constitución. 
Ya la pared de tapia cede en toda su estructura; ni aún utilizando a toda la Fuerza Armada Nacional como albañiles de barro y paja, se podrá detener la caída de tan deteriorada y perversa obra.

Manuel Barreto Hernaiz

No hay comentarios: