domingo, 15 de mayo de 2016

© CARLOS M. MONTENEGRO De Lisonjas, Adulación y Jalabolismo






Los demagogos generan un efecto rebote: creando expectativas y adulando al pueblo ingenuo o ignorante que les cree, como sucede también por estos lares. El demagogo medra mientras el pueblo se hunde. Es un círculo siniestro, pues ese pueblo termina esperando inútilmente “a ver que consigue” bajo el inclemente sol y lluvia de las colas y a que lo prometido se cumpla, cosa que no suele ocurrir.


En Venezuela es probable que para un niño o adolescente, en su escuela o colegio, el peor insulto que sus compañeros le puedan hacer es llamarle “jalabolas”.
Si bien la expresión no es un insulto ni una grosería, en Venezuela solemos usarlo a modo de adjetivo peyorativo hacia otra persona, como expresión vulgar de adular, exageradamente a alguien o intentar persuadirlo de forma zalamera e insistente; se  ve como una persona que hace demasiados favores y es muy complaciente con otra, a veces sin retribución aparente. Pero ¿cuál es su origen?
La expresión no tiene nada que ver como apelativo testicular. En realidad  se originó en las viejas cárceles venezolanas donde los presos usaban grilletes. Aquellos con mayor poder económico o influencia tenían su “jalabolas” particular que los ayudaban a cargar o arrimar las pesadas bolas de hierro que llevaban enganchadas a sus tobillos con cadenas. Sin embargo con el tiempo, la acepción original se fue perdiendo y “jalabolas” se convirtió en sinónimo despectivo de lisonjero.
No debe confundirse la lisonja con el aplauso al verdadero mérito ni con la galantería. La lisonja es una adulación rastrera, hecha con la intención de halagar a alguien con propósito de ganarse su voluntad para fines interesados; es tan antigua como el mundo, practicada por el débil hacia el poderoso; su cénit llegó en el siglo XVII, la corte de Luis XIV de Versalles fue el paradigma y las adulaciones de  los cortesanos y no pocos literatos de la época llegaron hasta el extremo de que la Academia propuso un concurso para premiar al que desarrollara mejor la tesis “¿Cuál es la más admirable de las virtudes de Luis XIV?” que el monarca tuvo el buen sentido de mandar retirar, así sería la cosa.
Sin embargo al rey no le desagradaba el asunto. Su vanidad llegó al extremo que permitió que le llamaran “le Roi Soleil” (Rey Sol), título con el que ha pasado a la posteridad, nada menos. Luis XIV fue uno de los más destacados reyes de la historia francesa, porque consiguió crear un régimen absolutista y centralizado, hasta el punto que su reinado es considerado el prototipo de la monarquía absoluta en Europa, tan absoluta, que se le atribuye haber acuñado, ya de joven, la frase “L'État, c'est moi” (El Estado soy Yo). Lo cierto es que Versalles estaba plagado de jalabolas.
La adulación debió dar buenos réditos pues, cuando cayeron las monarquías absolutistas, muchos políticos  republicanos y de monarquías parlamentarias no olvidaron el habito de adular, pero esta vez invirtiendo los términos, y se inauguró el “populismo” como la nueva fórmula de hacer política, cambiando el sujeto de la adulación. Ahora, en vez de al rey, se adula al pueblo que es quien puede encumbrar por medio de los votos. Su práctica, que a lo largo del siglo XX tuvo un auge impresionante se llama “demagogia”.
La demagogia es un término del griego antiguo – los que inventaron casi todo – y proviene de dos vocablos: demos, que significa pueblo y agein, que significa dirigir, por tanto demagogia significaba: el arte, la estrategia o el poder para conducir al pueblo. Esta palabra en su origen no tenía ningún sentido peyorativo, y los demagogos helenos eran defensores de la democracia, como Solón (638 a.C.) uno de los siete sabios de Grecia.
Pero dos siglos después, según aseguraba Aristóteles (384 a.C.- 322): “la demagogia puede producir (como crisis extrema de la República), la instauración de un régimen autoritario oligárquico o tiránico, y nace de la práctica demagógica que ha eliminado así a toda oposición”. En estas condiciones, los demagogos, arrogándose el derecho de interpretar los intereses de las masas de la nación, confiscan todo el poder y la representación del pueblo e instauran una tiranía o dictadura personal. Paradójicamente, era habitual que esas dictaduras se instalaran sosteniendo que lo hacían para terminar con la demagogia.
Aún hoy en día, es una forma de acción política en la que existe un claro interés de manipular o agradar a las masas, incluyendo ideologías, concesiones, halagos y promesas, manipulando los sentimientos, las emociones y la voluntad de la gente con falacias y mentiras, información incompleta y omisiones de la realidad, pretendiendo sólo la conquista del poder político, utilizando hábilmente potentes medios de comunicación y de propaganda (prensa, radio, TV) para dar al público lo que quiere oír con el único objetivo de ganar votos*.
Los demagogos generan un efecto rebote: creando expectativas y adulando al pueblo ingenuo o ignorante que les cree, como sucede también por estos lares. El demagogo medra mientras el pueblo se hunde. Es un círculo siniestro, pues ese pueblo termina esperando inútilmente “a ver que consigue” bajo el inclemente sol y lluvia de las colas y a que lo prometido se cumpla, cosa que no suele ocurrir. A cambio recibe migajas y dádivas que nunca lo sacarán de abajo.
Cuando los demagogos logran sus objetivos: “si te he visto no me acuerdo”… al menos hasta las próximas votaciones.
¿A que saben lo que les digo?

*Durante el régimen nazi, el macabro ministro de Propaganda Joseph Goebbels, gran jalabolas del führer, tomó buena cuenta y publicó sus “11 Principios de Propaganda” que tan buen resultado le dieron a Hitler al principio.
http://www.grijalvo.com/Goebbels/Once_principios_de_la_propaganda.htm
En este link podrán ver la absoluta actualidad de los principios de Goebbels.


Goebbels - Los once principios de la propaganda

Principio de simplificación y del enemigo único.Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
Principio del método de contagio.Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
Principio de la transposición.Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan.
Principio de la exageración y desfiguración.Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
Principio de la vulgarización.Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
Principio de orquestación.La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: "Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad".
Principio de renovación.Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
Principio de la verosimilitud.Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias.
Principio de la silenciación.Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
Principio de la transfusión.Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

Principio de la unanimidad.Llegar a convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.



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