sábado, 6 de febrero de 2016

Elizabeth Fuentes Superman de pacotilla en 24 años de aquel lamentable 4 de febrero.-


Elizabeth Fuentes @fuenteseliz.
La primera vez que entrevisté a Hugo Chávez, recién salía de la cárcel de Yare. Estaba flaquito y alguien le recomendó que se vistiera de  liqui liqui verde oliva para  que siguiera  luciendo como  un militar  llanero.  Llegar al apartamento de Luis Miquilena en la plaza Altamira, donde estaba alojado el golpista, fue todo un trámite tomado de algún film de espionaje. “Espere en la Plaza. La contactaremos”. Y una vez contactados  -el excelente fotógrafo Gustavo Acevedo y yo-, dos hombres nos solicitaron la cédula para comprobar que éramos quienes decíamos.  
Luego fuimos escoltados por otros dos .– (¿Diosdado,  Carreño, Andrade, Maduro, Bernal?-),  hasta la puerta del edificio donde nos esperaban otros  escoltas con la misma cantaleta.”Cédula por favor”. Hasta que a la tercera vez nos negamos a hacer el ridículo y les exigimos que nos mostraran su cédula ellos también, asunto que no llegó a nada pero aligeró la visita a la concha donde  Miquilena lo mantenía con techo y comida.
“Póngase así,  como Superman”- le ordenó Acevedo apenas apareció Chávez. Y sin pensarlo un segundo, el golpista se puso las manos en la cintura con cara de Clark Kent, mirando el horizonte, como quien dice “A luchar por la Justicia”,  foto que quedó tan buena que la entrevista se tituló El Superchávez – algún coleccionista del suplemento dominical de Letra G, del desaparecido diario El Globo la debe tener-, diálogo nada complaciente por cierto, donde su ego y su ignorancia  le jugaron más de una mala pasada.“Pobre hombre,  qué básico, vaya ridículo”, comentamos a la salida Acevedo y yo, furiosos ante tanto tiempo perdido. Tan amargada salí de ese encuentro, que la foto con “el comandante” que me tomó Acevedo para burlarse de mi, la boté quién sabe dónde. Nunca logré entender cómo tanta gente -intelectuales, periodistas, uno que otro político respetable, dueños de medios que lo apoyaron y ayudaron a posicionarse – veía en aquella persona a alguien capaz de dirigir un gobierno.  O quizás solo lo consideraban lo suficientemente moldeable  como para montarse en su capa de súper héroe y, desde allí, modificar el futuro del país, tremendo pelón.
Lo cierto es que la tercera y última vez que lo entrevisté, Chávez  ya tenía un número altísimo en las encuestas y se apareció frente a nosotros con una troupe considerable, incluyendo a Mari Pili Hernández, que entonces estaba delgada y lucía una franela roja cortica que le dejaba al desnudo parte del torso y el ombligo que,en su descargo,  era la moda de la época. El encuentro formó parte de uno de nuestros rituales almuerzos-entrevistas  con personalidades, que organiza el Caracas Press Club, y en el salón del Hotel Tamanaco donde se hizo la cita, no cabía un alma.- ¿Que haría usted si gana la presidencia democráticamente pero una madrugada un grupo de militares con un tanque de guerra asalta el palacio de Miraflores para tumbarlo?- le pregunté- ¿Lucharía contra ellos o se escaparía  a Venevisión a denunciar el golpe?
-Yo tomaría las armas y  lucharía hasta la ultima gota de mi sangre por defender la voluntad del pueblo que bla bla bla…, lanzó su falso discurso  sin que le parpadeara la más mínima decencia. Ya lo veríamos el 11 de abril, cabizbajo, entregándose en Fuerte Tiuna, amparado en la sotana de   monseñor Velasco.
Mucho tiempo después, Luis Miquilena – el hombre que lo recogió en su casa, el que le armó el partido, le consiguió el dinero, lo puso en contacto 
con Fidel Castro-, sería nuestro  invitado en el Caracas Press Club, donde


remarcó la absoluta deslealtad de Hugo Chávez para quienes lo ayudaron a llegar adonde llegó, su manera despótica de  entender las relaciones humanas, el monstruo interior que se le despertó cuando se supo poderoso, la manera cruel en que utilizaba y desechaba a las personas con el único objetivo de conseguir lo que se le antojara.
En ese afán,  montado en su poderoso  tanque de guerra particular, Hugo Chávez y sus herederos han agredido  a medio país como lo hicieron contra Miraflores el 4F. Así como tomaron VTV,  fusil en mano, arrasaron  la economía dejando un reguero de cadáveres. Y tal como agredieron a la  desarmada familia presidencial en La Casona, arremetieron contra los valores fundamentales de una sociedad, hoy postrada entre la delincuencia  que roba y asesina a diario y los criminales  de cuello rojo que hundieron al país en la bancarrota, los únicos que, por cierto, han salido bien parados de semejante aventura.
A  24 años de aquel lamentable 4 de febrero, el chavismo  hace maletas y se irá como llegó, dejando su huella de sangre, muerte y destrucción, el verdadero legado de aquel Superman de pacotilla.

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