miércoles, 3 de julio de 2013

POR MUCHO MENOS DE LO QUE SE HACE EN EL PAÍS CAYÓ RICHARD NIXON


Watergate y Venezuela

Diario TalCual

La grabación de Mario Silva puso al descubierto la participación del finado Hugo Chávez en ese tipo de actividades 

Difundir la conversación privada entre María Corina Machao y Germán Carrera Damás raya en la desfachatez

ARNOLDO JOSÉ GABALDÓN







El 17 de junio de 1972 ocurrió en Washington un hecho delictivo aparentemente sin mayor trascendencia. La policía fue alertada durante la madrugada, de que un grupo de personas habían penetrado una oficina del condominio Watergate. Los cinco intrusos fueron arrestados, pero se constató que el local asaltado era de las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata, partido de la oposición en ese momento. Las investigaciones posteriores, alentadas por este hecho, revelaron que la intención de los individuos arrestados era establecer un sistema de espionaje para grabar las conversaciones dentro del local demócrata. 

Poco tiempo después se descubrió, que los cinco detenidos, eran o fueron funcionarios de la CIA, habían sido contratados por Howard Hunt y Gordon Liddy, relacionados con el Comité de Reelección de Richard Nixon, para las elecciones de noviembre de 1972.

En tales circunstancias, dos periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward se involucraron en la investigación y con la ayuda de un informante privilegiado, cuya verdadera identidad vino a conocerse 33 años después, empezaron a desenredar un ovillo, cuyas puntas llegaban hasta la propia Casa Blanca y al Presidente Nixon.

El informante clave revelo, que el espionaje contra el Partido Demócrata era una actividad planificada por dos de los principales asesores del Presidente, H.R.Haldeman y John Erlichman, quienes contaban además con su asentimiento específico. En una demostración de la celeridad con que se movía la Justicia en ese país, sobretodo en un caso con ribetes políticamente tan delicados, en septiembre de 1972 los cinco asaltantes, más Hunt y Liddy, fueron imputados por "conspiración, robo y violación de leyes federales sobre intervención de las comunicaciones". El grupo fue condenado en enero de 1973, por el Juez John J. Sirica, a penas que variaron entre 1 y 8 años de cárcel, pero el magistrado decidió dejar abierto el proceso, al haber indicios de que existían otras personas involucradas en las altas esferas del gobierno.

En efecto, uno de los sentenciados, James McCord, envío posteriormente al Juez una carta denunciando que lo habían presionado durante el juicio para que se declarase culpable, implicando además a varios altos funcionarios del gobierno, que incluían al ex Procurador Fiscal John Mitchell, cercano aliado del Presidente Nixon.

Así, se desencadenó un gran escándalo político en esa nación, a lo largo del cual se fueron enredando progresivamente Nixon y otros altos funcionarios.

Para hacer corta una historia larga y compleja, recordaremos que el Senado, con la colaboración del FBI, abrió posteriormente una investigación a través del llamado Comité Watergate, que concluyó revelando que la intrusión en la oficina del Partido Demócrata había sido solo "una de las múltiples actividades ilegales y abusos autorizados y ejecutados por el equipo de Nixon" que incluían fraudes, espionaje político, auditorias de impuestos falsas, grabaciones telefónicas ilegales, entre otros varios delitos.

La situación se complicó aun más, cuando se conoció que el Presidente había ordenado anteriormente instalar un sistema de grabaciones dentro de la Casa Blanca, para registrar todas las conversaciones que sostuviese. Después de un complicado proceso judicial, la Corte Suprema decidió que el Presidente debía entregar las cintas magnéticas que contenían instrucciones a sus subalternos que resultaron altamente comprometedoras, pues mostraban que había intentado obstruir la justicia y enmascarar el incidente del Watergate.

El Presidente ante la certeza que sería acusado (impeachment) por la Cámara de Representantes y que casi con seguridad seria posteriormente condenado por el Senado, decidió pocos días después renunciar, en agosto de 1974. Fue esta la primera vez que un Presidente renunciaba en la historia de esa nación. Con el renunciaron además, otra serie de altos funcionarios.

Para el pueblo norteamericano el peor pecado cometido por su Presidente, en quien tenían confianza y habían reelegido en 1972 por una amplia mayoría, fue el haber mentido. En esa sociedad, la mentira de un servidor público electo es considerada una falta muy grave.

Mientras haya humanos y esté la conservación del poder de por medio, hay la tentación de cometer delitos. La diferencia entre las democracias con instituciones bien desarrolladas y los mamarrachos de autocracias, es que en aquellas los crímenes suelen ser castigados, mientras que en estas ultimas, sobretodo cuando son protagonizados por altos funcionarios, generalmente quedan impunes.

En Venezuela ocurre todo lo contrario de la aleccionadora situación narrada, como lo revela por ejemplo el reciente escándalo: Mario Silva. Lo grave del affaire, como quedó descubierto por el audio dado a publicidad, no fue solo la constatación de un caso de espionaje para otro Estado o de que hubo personas eliminadas físicamente como se menciona o de que un funcionario civil recibió armas de guerra del Ministerio de la Defensa, para un objetivo no revelado; lo capital en este caso, es la participación del Presidente de la Republica Hugo Chávez Frías, antes de su muerte y de su sucesor Nicolás Maduro, y de los organismos de seguridad del Estado, en una red para atacar, difamar y conspirar contra personeros de la oposición democrática, a través de un gacetillero de la televisión pública. El SEBIN, un ente publico, grababa ilegalmente las conversaciones de estas personas, ya que no hubo orden judicial de por medio, y las entregaba a un vulgar informador de la televisión del gobierno, para que fuesen divulgadas por televisión con propósitos políticos difamatorios.

Tamaña monstruosidad, de la cual fui personalmente victima en dos ocasiones, ocurrió por años, con el beneplácito y estimulo del Jefe del Estado, quien convirtió a Mario Silva en uno de sus voceros de confianza. Un expediente más, entre miles, para el negro legado del Comandante Eterno.

Con la aparición en rueda de prensa del Alcalde del Distrito Capital y el Ministro de Información, divulgando el audio de una grabación hecha en la casa de habitación del Profesor German Carrera Damas, de una conversación con María Corina Machado, creo que se ha rebasado el vaso de la desfachatez. Son dos altos funcionarios del Régimen los cuales sin ningún desparpajo cometen un delito frente a todo el país y los entes encargados de fiscalizar e impartir justicia simplemente miran para otro lado y permanecen impertérritos. Por mucho menos cayó el Presidente Nixon.

¿Es que el pueblo de este país esta anestesiado? arnoldojgabaldon@gmail.com

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