Cuando Hugo Chávez se estrenó como Jefe de Estado ante las
masas, sorprendió a los venezolanos con su arenga de "Socialismo, Patria o
Muerte".Nada original esta consigna calcada del lenguaje
revolucionario cubano, tan poco original como pocas cosas serían originales en
su trayecto totalitario.
El teniente coronel se copiaba el "slogan" con el
que los barbudos identificaban sus tropelías, atropellos, agresiones que califican de revolucionarias.
Ni siquiera el afecto a la necrofilia era de estreno en la política
nacional, antes que Chávez, también en la búsqueda de mártires y prohombres de
su causa Domingo Alberto Rangel recurría en sus discursos a compañeros
desaparecidos, por lo que le llamaron "Jurungamuertos".
Chávez y sus compinches cuando miraban hacia atrás, no
lograban divisar héroes caídos en el cumplimiento del deber. Necesitaba
urgentemente mártires sobre
quienes fundar las bases de un movimiento que exigiera "La Muerte"
como pago por una vida heroica, en su misión de apoderarse de la nación.
Fue por ello que los chavistas inventaron héroes fantasmas,
como el Guaicaipuro de las fantasías, El Negro Primero, hasta Boves llegó a su
lista , con la idea de enfrentar la memoria del Catire Páez. Los chavistas han
intentado posesionarse de don Francisco de Miranda, aquel caraqueño blanco, afrancesado, que despreciaba a los zambos y los
mulatos. Han llegado al extremo de pretender poseer la causa de Ezequiel
Zamora, a quien le robaron sus consignas federalistas, lemas descentralizados,
posiciones incoherentes con el esbozo del proyecto chavista.
La necrofilia llevó al Comandante en Jefe -autoascendido, al rango de Fidel
Castro- a destapar el sarcófago del Libertador en un deleznable y penoso
espectáculo, justificando la injustificable pesquisa de una necrofilia detectivesca, como si él fuera Sherlock
Holmes y sus secuaces forenses doctores Watson.
Mientras, seguía el show, persistía con la arenga cubana
de "Socialismo o
Muerte". Hasta que un día, al descubrírsele su sentencia de muerte,
sentencia escrita en el pergamino de un sarcoma, con letras y texto del siempre
negado cáncer que le aniquilaría, intentó borrar de sus arengas la palabra
"Muerte".
Nada se pudo hacer, pues la "Muerte" le llegó cuando tenía que llegar.
Ahora sus necrofilicos discípulos intentan perpetuarlo,
ordenando su embalsamamiento. Quieren "eternizarlo", como dijo
Maduro, ignorante Nicolás que las momias también envejecen y se deterioran. Así
los casos de Tutankamon, las momias de Guanajuato, aquellos embalsamados de las
Catacumbas de Roma, como han envejecido las momias de Stalin, Mao y de Ho Chi Min, tan deterioradas que las
quitaron de la exposición de la
vista pública.
Aún queda Lenín, a la que pronto se le uniría la de Hugo
Chávez y no duden que también, más pronto que tarde, la de Fidel Castro.
Es la gran afición por pertenecer a la historia, ser eternos
como pretende Nicolás Maduro y como en su día aspiró Sadam Hussein, o como ha
prometido el persa Mahmoud Ahmadinejad, Presidente de Irán, que el Comandante
resucitará la lado de Jesucristo.

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