Blog de Víctor José López /Periodista

domingo, 17 de abril de 2022

CUANDO LOS PUEBLOS NO APRENDEN por Karl Krispin (*)

 

Karl Krispin, Miembro del Club de Roma y presidente del Capítulo Venezolano del Club de Roma.

En uno de sus incendiarios discursos de 1953, Juan Domingo Perón preguntó a sus seguidores si seguía existiendo el Jockey Club de Buenos Aires. El mensaje era claro para la puntualidad con que tomaban sus serviles la orden desde el balcón. La multitud enervada, siguiendo lo que Gustave Le Bon ha tratado sobre la irracionalidad de la masa y el ajeno sentido colectivizado que pone en práctica, de inmediato se dio a la tarea destructora y procedió a quemar las instalaciones del establecimiento al que los justicialistas identificaban como un reducto de la oligarquía argentina. Porque para los demagogos todo ajuste de cuentas incluye un culpable al que endosarle las culpas. Preferiblemente la oligarquía, el capitalismo, o el imperialismo yanqui. Los descamisados fueron más allá y aprovecharon la ocasión para incendiar las sedes de los partidos radical, demócrata y socialista. Todo lo que no se atuviera al discurso populista de los milicos en el poder, plaga latinoamericana que persiste, debía ser acabado. Pueblo y conductor hablaban el mismo idioma: el cerebro lo tenía el general y las instrucciones las cumplía la muchedumbre. El cuerpo social perfecto e integrado. Ya había muerto Evita al momento de estos acontecimientos. Lo que no advertía Perón es que le quedaban dos años en el poder, pero muchos e incontables años para invocar su presencia y la de Eva Duarte, la actriz menesterosa de provincias que patearía la pobreza cuando el general la hizo su esposa y la vistió de Dior. Evita se alojó en el recuerdo de los argentinos repartiendo lo que no era de ella, que es lo que socialistas y populistas realizan a las mil maravillas. Creó el artificio de hacer creer que la ayuda del Estado podía con todo, que la felicidad tenía color político y que una cola ante la fundación de ayuda social que presidía podía servir para cambiar el destino a cualquier necesidad. Todo un tanguito mejor que los que componía su amigo Enrique Santos Discépolo. 

Evita, más que sanar, ayudó a crear esclavos, paralíticos, enfermos, inservibles y parásitos. El pueblo argentino todavía la llora recordando lo bien que los enseñó a mendigar. Naturalmente, antes de irse de este mundo dijo que regresaría hecha millones. Desde entonces, los argentinos aguardan a su mesías que vendrá envuelta en una estola de mink a seguir distribuyendo lo que nunca produjo. El peronismo, como escuela clásica del populismo latinoamericano, convirtió a una nación pujante en una que sigue añorando la edad de oro que dejó atrás. Por otra, hizo del justicialismo un dogma que sirve para todo un espectro desde la extrema izquierda a la extrema derecha, y hasta el supuesto liberalismo de un Carlos Menem. Frente al fracaso del peronismo la lección tendría que haber sido obvia y haberse dado un aprendizaje. No, la conclusión fue: sigamos eligiendo a los peores. Perón volvió en los setenta a inaugurar la guerra sucia y los desaparecidos junto a su ministro el brujo López Rega, creador de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina. Destrucción económica en los cuarenta y cincuenta. Asesinatos en los setenta. Pregunten quiénes gobiernan hoy a esa nación. Pregúntense por la mala y soberbia actriz que ocupa la vicepresidencia de ese país. 

Seguí completamente la ceremonia de toma de posesión de Gabriel Boric en Chile. Lo vi desfilar junto a su directora de protocolo ataviada de Pachamama, y escuché su insulso y pobre discurso, ya terciado con la banda presidencial donde recordó al gran destructor de Chile, SAlvador Allende Gossens. Ello no augura nada promisorio o venturoso y resucita viejos temores en un país polarizado donde la extrema izquierda tomó las calles bajo la mirada complaciente del presidente Piñera que con su actitud cobarde y timorata permitió que incendiaran el país, y eligieran la mojiganga constituyente que está escribiendo una Constitución exclusiva a la medida de los intereses de esa misma izquierda radical, a la que espero que el pueblo chileno pueda responder firmemente con un no como último recurso antes de que vuelvan a convertir al país austral en un territorio inexistente. Vale la pena hacer memoria sobre el hecho de que Allende tuvo de huésped a Fidel Castro durante tres meses para el diseño de todas las políticas confiscatorias que puso en práctica el mandatario socialista. ¿Aprenden los pueblos?, debería ser nuestra pregunta como en el caso argentino. Durante los gobiernos de la concertación chilena, ese país logró superar los traumas del socialismo allendista y el de la dictadura pinochetista, porque algo debe quedar claro: solo la democracia y la libertad salvan. Lo demás abusa, destruye y sobra. Hay que repetir lo que no quieren escuchar tampoco los apologistas de los tiranos: los primeros años del dictador Pinochet fueron los tiempos de la típica dictadura latinoamericana, interventora, estatista y fracasada. Sólo la llegada de Hernán Büchi, impregnado de las ideas liberales de la Escuela de Chicago, logró otorgarle una prosperidad a Chile con lo cual el encuentro con el mercado superó la navegación en las aguas turbulentas. El modelo triunfante no fue el de la represión política sino el de la apertura económica. La mano dura no sirve para nada. Solo la economía abierta cambia las sociedades y ofrece oportunidades para todos. Muy pronto Gabriel Boric, que anuncia una nueva distribución de la riqueza y justicia social, acabara desde la raíz con el bienestar chileno como su patrono San Salvador Allende lo hizo de forma tan regia, palabra que tanto gusta y se repite en ese país.

(*) Karl Krispin  Es profesor de Historia de la Universidad Metropolitana. Colaborador habitual de @zendalibros y @prodavinci. Ha sido presidente de la Asociación Cultural Humboldt en Venezuela. Es Miembro del Club de Roma y presidente del Capítulo Venezolano del Club de Roma.

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