¡Qué paisanaje!
CARLOS M.
MONTENEGRO carlosmontenegro622@gmail.com
Su desmedida ansia de permanecer ya no obedece
a una metódica y planificada ambición de quedarse con todo
El tétrico sainete venezolano no se detiene. Los personajes entran y salen
del escenario sin ton ni son como si fueran un grupo de actores oligofrénicos
compitiendo por ser el que más.
Al lado de tanto absurdo los Monty Pyton muy bien pudieran ser miembros de
un club de circunspectos lores británicos, y Jardiel Poncela podría renegar de
sus surrealistas escritos por convencionales y pueriles. Claro que estos
practicantes del humor absurdo, al igual que otros muchos del género se salvan
porque su objetivo era producir hilaridad en la gente, que no es mala cosa.
Sin embargo, el espectáculo que ofrecen los dirigentes que actualmente nos
gobiernan, junto a sus subalternos ordeñadores de la teta del Estado y a los
que lo usufructúan, no solo es patético y escandaloso, sino que rompen todas
las reglas establecidas en todos los anales de la moral y el buen hacer y
además con alarde de poderío causan sufrimiento y dolor a las personas que son
de su mismo lugar, es decir a quienes debieran procurar bienestar.
Miguel de Unamuno, aquel sabio y contradictorio escritor vasco que dedicó
media a ser rector unánimemente electo de la universidad de Salamanca, que se
había paseado por el anti materialismo y utilitarismo del británico Thomas
Carlyle, el evolucionismo filosófico de Herbert Spencer, la
revolución dialéctica de Friedrich Hegel y el materialismo histórico de
Karl Marx, fue sobre todo un intelectual inconformista que hizo de la polémica
una forma de búsqueda. Tres veces fue desposeído de su cargo por los tres
regímenes que conoció: monarquía con dictador, república y el neofascismo
franquista. De los tres regímenes saltó la talanquera tras soltarles unas
cuantas frescas. Su vida transitó haciéndole guiños a las derechas del
hemiciclo, al socialismo republicano moderado y hasta al neofascismo
franquista; con todos militó un poco y luego los abandonó despotricando e
increpándolos terminando por adoptar un cierto anarquismo conductual.
Al iniciarse la guerra civil, Miguel de Unamuno apoyó inicialmente a los
rebeldes, comandados por el General Franco, sin embargo el entusiasmo por el
alzamiento militar pronto se volvió desengaño. Aunque en principio fue
comprensivo con la sublevación contra la II República del ejército español, al
ver la cruel represión franquista, especialmente en Salamanca, el doce de
octubre de 1936 Unamuno criticó públicamente a los sublevados en
presencia del General José Millán-Astray, comandante de la plaza, y la esposa
del propio Franco, presentes en un acto, celebrando el Dia de la Raza, en el
paraninfo de la Universidad de Salamanca, lanzando su famosa frase de
"venceréis, pero no convenceréis", añadiendo “venceréis
porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer
significa persuadir y para eso necesitáis algo que os falta en esta
lucha: la razón y el derecho” (sic). Aquella agria reprensión provocó
la inmediata respuesta del militar a Unamuno, a la sazón rector de la
universidad, gritándole: “¡Viva la muerte!”, y añadiendo “¡y muera la
inteligencia!", aunque otras versiones indican que dijo: “mueran los
intelectuales”.
Millán-Astray era un general cuartelero que alcanzó su rango batiéndose en
múltiples batallas en Filipinas y África, de las que salió con el hueso maxilar
destrozado, tuerto y manco, todo por heridas de guerra. Por su valor militar
era uno de los jefes de la sublevación favoritos de Franco; tenía fama de
poseer una altanera personalidad, insensible a las debilidades, brutal, duro e
inflexible con sus subordinados. Lo curioso del caso es que ambos,
Unamuno y Millán-Astray, han trascendido en el tiempo desde posiciones bien
alejadas. Imaginen al destemplado milico torpe y patán propinando coces cual
acémila a uno de los más insignes y cultos prohombres del siglo XX. Eran
tiempos difíciles y confusos, nada menos que en pleno estallido de una guerra
civil que fue el ensayo general de la II Guerra Mundial. Estar inmerso en
aquello debió nublar las mentes cuando debieran estar más lúcidas. Claro que el
tiempo y la historia se encargaron de poner a cada uno en su sitio.
Lo que me ha hecho recordar el famoso rifirrafe entre Unamuno y
Millán-Astray, portadores de valores tan antagónicos como irreconciliables, ha
sido el peligroso y desgraciado momento que estamos viviendo en este país.
Apartándome de consideraciones políticas, y resumiendo mucho, lo que aquí
realmente está en juego son dos formas vivenciales diametralmente opuestas: por
un lado están los que propugnan que todos vivamos bien, para lo que se
requerirá que las cosas se hagan mejor de como las hicieron en el pasado. Por
el otro los que solo quieren imponer su régimen, sin importar el método, para
satisfacer sus pretensiones de poder absoluto. Todo parece indicar que éstos,
por ahora, van ganando aunque en el intento han destruido su propio país; no
importa si fue planificado o no, pero si era lo que querían lo han logrado pero
eso sí, jugando sucio hasta a sus partidarios. Están tratando de imponernos un
sistema de terror, talando nuestros deseos de vivir en paz.
Han implantado una rara especie de guerra civil, donde unos solo matan y
los otros solo mueren. Mientras, el país se está desmantelando, paralizándose,
horrorizándose de sí mismo, y poco a poco se va desangrando, intoxicando e
idiotizando, pretendiendo imponernos su barbarie e inocularnos su lepra moral.
El admonitorio “podréis vencer, pero no convenceréis” de Unamuno es verdad,
pues no tienen con qué, y me permito añadir que tampoco vencerán porque la
implacable realidad está haciendo su trabajo, estos son otros tiempos y las
noticias son inocultables, siempre encuentran salida como el agua, y a su pesar
el mundo entero ya sabe de su calaña.
Su desmedida ansia de permanecer ya no obedece a una metódica y planificada
ambición de quedarse con todo. Ahora, simplemente necesitan permanecer
pues no tienen dónde ir, por eso están agarrados a cuanto clavo ardiendo
encuentran. La mayoría de la gente en el país ha sabido estar a la
altura, pese a todas las zancadillas los tienen acorralados y ellos lo saben
bien a pesar de no reconocerlo. En su enorme oquedad quisieron romper todo para
empezar de cero, siguiendo las “desinteresadas” instrucciones de sus maestros
isleños, y casi lo logran, pero no contaron con la excepcional voluntad y
resistencia de la gente que cada día les muestra más su desprecio. Y, ¿de
verdad pensaron que lo iban a lograr?
El ingenioso Unamuno, alguna vez exclamó: “¡Qué paisanaje*!”, refiriéndose
a cierta clase política con elegante desprecio. Hoy cuadra perfectamente para calificar
a esta mezcolanza de hunos y alibabás.
*paisanaje. En el castellano de
Venezuela el sufijo “aje” también se suele percibir como despectivo al
usarlo en algunas expresiones referidas a un determinado conjunto de personas.
Pero nunca con animales… (DRAE).
No hay comentarios:
Publicar un comentario