viernes, 23 de junio de 2017

LUIS BELTRÁN GUERRA El pueblo sin armas


Mario Morales, en el Max Planck Institute de Heidelberg, afirma que es difícil no hablar de las tentativas adelantadas por el pueblo para la creación de sociedades, al extremo que el primero termina hasta confundiéndose con las últimas.
Chávez de boina roja y casaca verde promulgó que el pueblo en ejercicio de sus poderes creadores decidió que somos república, bolivariana, libre e independiente y Estado democrático de derecho y de justicia.  No había podido convertirse en mandamás por un golpe de Estado, pero lo logra con el pueblo a cuyo favor sufraga masivamente.   Mientras los delegatarios de la soberanía en la Asamblea Nacional Constituyente redactaban preceptos, el Káiser criollo vestía con franelas rojas a sus huestes dotándolas de armamento para la defensa de su líder y de la tentativa de sociedad que calificó como revolución. Muere, pero escoge al heredero, mandato que el pueblo cumple. A los casi 18 años de lo que pudiera calificarse, a la luz de la semántica lingüística, como “la revolución constitucional” el proyecto se sustenta, no ya en el pueblo sino en un sector castrense. Los daños de la tentativa de sociedad del 99 son tan indescriptibles que, si se aplicaran las pautas de la tipicidad de los hechos punibles, la mentada revolución constituye delito, por lo menos, en grado de tentativa. Los daños patrimoniales son irrecuperables, no obstante puedan decomisarse las abultadas fortunas que a diario aparecen depositadas a nombre de los propulsores de la revolución.
Apunta también el profesor Morales que Carlos Andrés Pérez, presidente defenestrado, predijo: 1. Avanzamos hacia el caos. 2. El pueblo vive una ceguera histórica. 3. Nos parecemos a Alemania en los años 30 cuando el desempleo cunde seleccionando a Hitler como salvador. 4. Esta tragedia nos lleva a una dictadura, pero los venezolanos tenemos que llegar al fondo para respirar y comenzar arrepentidos a tratar de corregir los errores. 5.  Las cárceles se abrirán para quienes disientan y los problemas se acentuarán. La profesora Quiñónez, cuyo enamoramiento la lleva a compartir apartamento con Mario, puntualiza que no sería descabellado sostener que hay pueblos que fungen como sociedades y sociedades como pueblos. Evidencia de ello pudiera ser Colombia, tan vecina de Caracas, que no sabemos si la primera se copió de la segunda o a la inversa. Efectivamente, el preámbulo de la Carta Magna de Cundinamarca, como la de la Sultana del Ávila, reza, también, que el pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatarios a la Asamblea Nacional Constituyente decreta, sanciona y promulga la Constitución Política de Colombia. En el fondo una redacción más declarativa. Tal vez por esa y otras razones algunos sostienen que a Bolívar le gustó más la tierra de Santander y a quien ascendió a general.
En esta Venezuela, que no deja de ser particular, deberíamos plantearnos si el concepto de pueblo ha tenido un contenido concreto, dependiente de la etapa de desarrollo social del país, las clases que lo componen, tareas que han de resolverse y capacidad para ello. Ha de estarse claro, manifiesta a Morales, que esa respuesta es determinante a fin de dilucidar si en América Latina proseguimos siendo tentativas de pueblos y que, por tanto, al concluir esa fase, pasaríamos a ser tentativas de sociedades. Y, por supuesto, si te entiendo bien, alega Mariela, a la larga nos convertiríamos en verdaderas sociedades.
Los pueblos en fase de tentativa, expresa el profesor de Heidelberg, como cariñosamente lo llama Mariela, acuden a la metodología de constituciones, las cuales además de comenzar como las de Venezuela y Colombia reafirmando que es el pueblo en ejercicio de su poder soberano de donde emanan, también finalizan estatuyendo que éste las crea, enmienda, reforma y deroga. Pero, inclusive se va mas allá, como la pomposa del 99 en Venezuela, cuyo artículo 350 legitima a los venezolanos a desconocer al gobierno que no observe el Texto Fundamental. En lo que pudiera denominarse “la guerra de los 100 días” la gente ha tomado la calle demandando la observancia de ese precepto de la Carta Magna. Mariela, con inclinación a la simpatía responde que ha contado las palabras contenidas en el citado artículo, pensando que pudieran convertirse en armas, quedando desencantada de que son apenas 39, las cuales transformadas en misiles no pasarían de ese número, situación débil en el contexto de la estrategia militar, pues el gobierno cuenta con millones. El docente replica que ha de tener presente que hay guerras civiles, aquellas donde los pueblos demuestran que son tales y estrictamente entre soldados en las cuales la gente espera el resultado. En Venezuela es la de un gobierno armado ante un pueblo en tentativa que desea tumbarlo.
De allí el título de tu exposición “El pueblo sin armas” dice Mariela a Mario, ya de manos agarradas, quienes no obstante los gases lacrimógenos se dedican al idilio.
@LuisBGuerra

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