miércoles, 21 de septiembre de 2016

ALVARO BENAVIDES LA GRECCA Yo, el Supremo Yo

21 DE SEPTIEMBRE 2016  

La iniciativa del individuo es la piedra angular del desarrollo de la sociedad. El progreso de cientos de millones de seres humanos en el mundo entero y las mejoras constantes de su calidad de vida han dependido desde siempre de la iniciativa privada de un puñado de emprendedores.
Detrás de cada producto que las personas necesitamos y usamos ordinariamente está el esfuerzo creador de algún individuo, las más de las veces desconocido, que tomó la iniciativa de imaginar, experimentar, innovar, arriesgar recursos propios y poner a disposición de todos los incontables bienes, muchos de ellos imprescindibles, que nos acompañan en nuestra vida cotidiana y facilitan el tránsito de nuestra existencia.
La creación, el emprendimiento individual, es condición inherente a la supervivencia de la especie humana.
Las sociedades que han sabido organizarse para promover y facilitar esa disposición natural del hombre han alcanzado niveles de satisfacción y superación colectiva muy superiores a los que registran aquellas en las que ha prevalecido el colectivismo en cualquiera de sus fracasadas expresiones como forma de organización social, económica y política.
La llamada Revolución industrial que modificó drásticamente a la sociedad mundial fue el producto de iniciativas privadas de emprendedores como James Watt, un innovador escocés que en la segunda mitad del siglo XVIII produjo el motor a vapor, tecnología sobre la cual se fundamentó durante muchos años el desarrollo agrícola, industrial, científico y comercial de la humanidad.
A partir de entonces, la iniciativa privada ha alcanzado altísimos niveles de refinamiento que modifica cada vez más rápidamente, y siempre para elevarla a condiciones objetivas más favorables, la calidad de vida de las sociedades.
La pila eléctrica, la aspirina, el aire acondicionado, el bombillo, las tarjetas de crédito, la nevera, el automóvil, el bolígrafo, la bicicleta, el teléfono celular, la televisión, el computador, el aeroplano, la penicilina, la harina PAN (en el caso muy particular de los venezolanos) y miles de otros bienes de impacto similar marcan la forma en la que vivimos. Detrás de todos ellos está la prodigiosa mano del emprendimiento privado.
Todos esos bienes existen porque sus creadores invirtieron su talento, su tiempo, sus recursos económicos propios. El beneficio que han generado a la humanidad esas invenciones y esas innovaciones es infinitamente superior a los retornos económicos que puedan haber recibido a cambio por sus aportes.
En la Venezuela de estos años, ¡en el siglo XXI, para mayor asombro!, pretenden imponernos una visión negadora de la extraordinaria capacidad creadora individual del venezolano. Un colectivismo fracasado en todas partes, siempre, diseñado por cúpulas gubernamentales e impuesto a la brava a las masas.
Una concepción social, económica, cultural y política que, es verdad, se ocupa del individuo, pero de uno solo: Yo, el Supremo Yo (con la venia de Roa Bastos). Todas las demás personas, al más acabado estilo cubano-norcoreano, sometidas a la lealtad incondicional, alienadas.
Frente a esta arremetida oficial, la capacidad emprendedora del venezolano se ha expandido notablemente en cantidad y calidad. Cada día aparecen numerosos emprendimientos individuales en algún sector de la economía, de las ciencias, de la educación, del comercio, de las artes. Lamentablemente para Venezuela, esas iniciativas son acogidas por otras sociedades que reconocen y valoran el aporte creador de los emprendedores y, en consecuencia, cosechan beneficios.
Esa es la respuesta al colectivismo castrador: el gen de la supervivencia del venezolano está hoy más activado que nunca.
Cuando las condiciones objetivas cambien, cuando tengamos un gobierno con otra visión, nuestros emprendedores universales volverán a su suelo. Ya encontrarán la manera, son innovadores.

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