miércoles, 23 de marzo de 2016

JOSÉ MANUEL PALLÍ Guerra enterrada no mata soldado


José Manuel Pallí versión artículo corregida   José Manuel Pallì*

 “He venido hasta aquí para enterrar el último vestigio de la Guerra Fría”, dijo el Presidente Obama en su brillante discurso en La Habana.

Me imagino como debe haber caído esa frase aquí en Miami entre algunos de mis amigos del prefijo “liber”, dedicados incesante y entusiastamente a maquillar ese cadáver insepulto de un mundo bipolar que se quedó sin pulso hace más de un par de décadas.
Y no me refiero solamente a mis compatriotas cubano-americanos. En Miami hay argentinos, bolivianos, ecuatorianos, venezolanos, etc., algunos de ellos que hasta fueron gobierno en sus respectivos países tiempo atrás, que se embanderan (o escudan sus responsabilidades) con la causa de la libertad de Cuba, empeñados en preservar viva una era que el mundo dejó atrás, convirtiéndola con sus dogmas en una fábula en la que Cuba juega el rol que tuvo en su momento el Imperio Soviético.
En la mente febril de estos “expertos” en democracia y en todo tipo de libertades, adoradores de la desigualdad e incapaces de detectar el bien común, Cuba es a un mismo tiempo un país en quiebra y un país capaz de comprar los votos a su favor del 99 % de los países miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas; un gobierno que se tambalea de una Hora Final a otra, y un régimen capaz de intimidar a todos los gobiernos de nuestra región con amenazas contra su estabilidad.
No es ninguna coincidencia que el Presidente de los EEUU haya viajado directamente de la Habana a Buenos Aires, en donde el Presidente Mauricio Macri –el mismo que mis amigos del prefijo “liber” han bautizado como “el nuevo líder latinoamericano”- está empacando sus maletas para realizar su propio viaje a Cuba.
Es hora de que todos los cubanos entendamos la necesidad de aprovechar esta oportunidad de sumarnos al proceso de cambios o ajustes que se vienen dando en Cuba desde hace ya varios años. Un proceso sobre el cual es imposible incidir como no sea desde la  inmediatez, estando en Cuba para apoyar o impulsar aquello que cada quien entienda debe apoyar o impulsar, concentrándonos en lo que nos une y matizando, cada quien como pueda, lo que nos separa: el dolor de muchos, el resentimiento de unos pocos. Y se bien que no es fácil.
A mí, por ejemplo, me resulta difícil sumarme a ese proceso sin al mismo tiempo insistir en algo que, como cubano y como abogado, me duele enormemente tener que volver a recalcar.
El Presidente Raúl Castro pidió listas de prisioneros políticos. Aquí está la mía: Harold Alcalá Aramburo, Maykel Delgado Aramburo, Ramón Henry Grillo, Yoanny Thomas González y Wilmer Ledea Pérez.
Estos cinco cubanos llevan 13 años encarcelados en Cuba. Es posible que el Presidente Castro no los considere prisioneros políticos, porque cometieron un delito –apoderarse de la lanchita o transbordador de Regla para intentar llegar con los pies secos a los EEUU- cuya motivación no parece haber sido política, y que es punible como tal no solo en Cuba, sino en la generalidad de los países en un mundo jaqueado por el terrorismo.
Pero estos cinco jóvenes afro-cubanos, que no derramaron una sola gota de sangre el 1º de abril del 2003, no recibieron condenas desmesuradas por obra de la justicia sino de la necesidad de escarmentar, necesidad generada por la presión tardía de ese cadáver insepulto que avala situaciones en las que el mismo país que presiona a otros para que se responsabilicen del control de sus fronteras, incita, a través de sus leyes, al descontrol de jóvenes como estos.
En ese único sentido el viaje del Presidente Obama a Cuba fue un fracaso: se perdió una gran oportunidad de liberar a estos cinco muchachos de los efectos de esa misma Guerra Fría que enterramos esta semana.
*Abogado cubano-americano
Twitter: @JoseMPalli

No hay comentarios: