sábado, 1 de agosto de 2015

CARLOS M. MONTENEGRO Un falsificador auténtico: Elmyr de Hory


Elmyr de Hory

Elmyr aseguró desafiante que él no era un falsificador sino una víctima. “Esa palabra me desagrada, y además no la encuentro justa. Soy víctima de las costumbres y las leyes del mundo de la pintura. ¿El verdadero escándalo no es acaso el propio mercado? En un mero plano artístico, desearía consideración como un intérprete. Al igual que se ama a Bach a través de David Óistraj, se puede amar a Modigliani a través de mí”

 Al visitar los grandes museos de pintura como el Louvre, L’Hermitage, el Prado, o el MoMA, es frecuente ver pintores con sus lienzos y caballetes reproduciendo cuadros famosos. Son excelentes artistas que copian habitualmente obras maestras con el consabido permiso de la institución. Su fin es reproducir fielmente esas obras y venderlas como copias. Suelen poseer técnicas muy perfeccionadas y sus labores se consideran de alta calidad. Estos copistas tienen su lugar de trabajo en los museos y suelen hacer las copias por encargo.
Pero hay otra clase de pintores que no copian, sino que interpretan a los grandes pintores y sus trabajos podrían definirse como originales “a la manera de”. Son capaces de crear verdaderas obras maestras, haciéndolas parecer pintadas por los artistas más famosos.
Esas pinturas pueden superar los controles de los mejores expertos, que suelen certificarlas como originales. Sobra decir que esta clase de artífices deben poseer un talento fuera de lo común, tal, que peritos de arte aseguran que su genio es similar o superior al de los pintores que emulan, de quienes conocen sus técnicas, y aún más, conocen su personalidad y circunstancias en cada época y penetran en sus almas para interpretarlos mejor, por eso son capaces de hacer “falsificaciones auténticas”.
Se pueden contar con los dedos de las manos los que han logrado ese nivel de perfección. Hubo especialmente uno considerado como el más grande y mejor falsificador de todos los tiempos:Elmyr de Hory
Hoffmann Elemér, su verdadero nombre, había nacido en Budapest,  Hungría, en 1906. Al parecer era de familia aristocrática de origen judío, aunque fue bautizado como calvinista. Ya adolescente descubrió que estaba hecho para la pintura y pudo darse el gusto de estudiar arte por haber nacido en una familia pudiente. Presumiblemente, era hijo de un embajador y nieto de banqueros, dato que nunca fue confirmado por él mismo.
En aquella primera mitad del siglo 20, hablar de arte era hablar de París y hacia allí partió cuando tuvo edad suficiente. Se fue a vivir a la Ciudad Luz decidido a ser un gran artista. Por allí ya despuntaban Matisse, Derain. Picasso, y otros futuros maestros, a quienes trató y tal vez los vio pintar. Estudió en la Académie la Grande Chaumiere, de Fernand Leger.
Sus cuadros no se vendían en cantidad ni a buen precio, pero eso no le impidió darse a una vida bohemia sin penurias económicas, hasta que al llegar la Segunda Guerra Mundial, quizás por su origen judío, fue detenido por los nazis, tras ocupar París, y llevado a Alemania.  La Gestapo durante un “interrogatorio” le destrozó una pierna, tras lo cual fue conducido a un hospital. Un día dejaron descuidadamente la puerta del pabellón mal cerrada, y se fugó subrepticiamente cojeando aún.
Logró escapar a Budapest, donde permaneció hasta el final de la guerra en que regresó a París. Sin embargo para él las cosas habían cambiado, sobre todo en el aspecto económico familiar y apenas podía subsistir. Pintaba, pero sus cuadros no se vendían al ser un artista anónimo; críticos, negociantes y galeristas se burlaban de la pintura de aquél desconocido, lo que le generó un gran rencor, pues estaba convencido de que su arte era de calidad.
Pero de improviso todo cambió con la visita de una adinerada amiga. Fue ella quien vio un hermoso dibujo de ‘Picasso’ colgado en la pared. Tomándolo por auténtico le ofreció comprarlo por una buena cantidad y él aceptó sin decirle que era obra suya.
Quizás ese fue el punto de inflexión para la nueva vida del pintor. En ese instante se dio cuenta que podía vivir del talento propio, pero de la originalidad ajena, y así comenzó a interpretar a los grandes. Sus versiones eran tan buenas que ni marchantes, ni curadores, ni coleccionistas percibían el engaño, a tal punto eran perfectas sus obras.
Se cuenta que alguien mostró una de sus pinturas a Picasso para que certificara si había sido pintada por él. El pintor español, de vasta obra, no recordó haberla pintado, pero la sentía propia. Para sacarse la duda preguntó cuánto se había pagado por ella, “cien mil dólares” fue la respuesta. Y Picasso exclamó: “por ese precio debe ser mía”.
La historia de Elmyr de Hory quizás es la de una colosal venganza, la burla de un pintor de gran técnica que expulsado del sistema por la crítica, decidió reírse de quienes lo marginaron. Es posible que realmente él no fuera un estafador, sino un magnífico imitador de estilos de otros pintores célebres, ya que Elmyr pintaba sin firmar y es probable que sus marchantes pusieran las firmas al ver su extraordinario talento.
Nunca se sabrá si él conocía o no el destino de sus cuadros, pero cierto es que nunca dispuso de gran fortuna. Vivía lujosamente aunque sin ostentación, pero nunca fue propietario de las casas donde vivía; los marchantes que vendían sus obras hicieron auténticas fortunas y a él le pagaban sus gastos y $400 por pintura.
Puede que haya sido uno de los mayores falsificadores de arte de toda la Historia, pero siempre se declaró inocente. En una entrevista de 1973, Elmyr aseguró desafiante que él no era un falsificador sino una víctima. “Esa palabra me desagrada, y además no la encuentro justa. Soy víctima de las costumbres y las leyes del mundo de la pintura. ¿El verdadero escándalo no es acaso el propio mercado? En un mero plano artístico, desearía consideración como un intérprete. Al igual que se ama a Bach a través de David Óistraj, se puede amar a Modigliani a través de mí”.
Sus marchantes, el egipcio Fernand Legros y el canadiense Réal Lessard, lograron vender más de mil de sus excelentes falsificaciones de Picasso, Modigliani, Matisse, Chagall, Monet, Degás, Signac, Derain o Léger, como si fueran originales, consiguieron que sus lienzos engañaran a galerías de arte, casas de subastas, expertos, coleccionistas privados de medio mundo y a los famosos museos donde aún siguen expuestos. Cobraron cantidades millonarias de las que De Hory nunca disfrutó, según afirman sus amigos íntimos. Durante décadas sus agentes lo estafaron.
El escándalo se destapó en 1967, cuando el magnate del petróleo estadounidense Algur Hurtle Meadows, que había comprado 44 obras de Hory para el Virginia Meadows Museum de Dallas, del que era fundador, empezó a sospechar que en los fondos de su magnífica colección habría falsificaciones. Tras una demanda su marchante Legros terminó en la cárcel y Hory huyendo de la justicia norteamericana se guareció en la España franquista, en la isla de Ibiza, donde siguió pintando, pero ya con su firma: Elmyr.
Sus obras cotizaban por encima de $100.000, pudiendo llevar una vida glamorosa, con los más famosos personajes del “jet set” habituales de la isla, pues el escándalo en EEUU lo convirtió en una celebridad, de leyenda. Le ayudó mucho la imagen de histrión, excéntrico y conquistador, creada a principios de los años setenta gracias al famoso filme-ensayo de Orson Welles “F de Fraude”(basado en una dudosa biografía de Elmyr De Hory, “Fake”, fraude en inglés, escrita por Clifford Irving), film en el que el cineasta apostaba por la versatilidad y enorme talento del pintor. Welles se ponía del lado del tramposo, en un mundo de falsas verdades.
En 16 años, nunca salió de España. El 11 de Diciembre de 1976, tras la muerte de Franco, ante la noticia de que iba a ser extraditado a Francia para ser juzgado, decidió suicidarse. La orden llegó 24 horas tarde.   
Elmyr de Hory realizó al fin su sueño: sus propias obras, firmadas, se exponen con éxito y otros pintores venden sus copias de los “Elmyr de Hory”.

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