N o se conoce partido político o candidato alguno que no ofrezca como su "primera prioridad" invertir, cuando gobierne, gran parte del presupuesto en educación. Es una constante en todas las campañas, así vengan de la izquierda, derecha, de arriba o abajo, da igual. Nadie puede estar en desacuerdo con eso, pero otra cosa es quién le pondrá el cascabel al gato; ya se ha convertido en un latiguillo retórico que nunca falta en una propuesta, sobre todo si es electoral; forma parte de los tópicos incuestionables como el de "desear la felicidad del pueblo" o "vamos a terminar con la desigualdad y la pobreza". Vamos, nada nuevo pues desde hace milenios los pensadores y filósofos griegos, tan recurridos por mí, ya discutían este asunto y es de suponer que les venía también de antiguo. Lo cierto es que en tantos siglos transcurridos, pocos ejemplos se conocen en los que una vez logrados sus propósitos, los gobernantes hayan llevado a cabo lo tantas veces prometido. El motivo, qué duda cabe, es que al poder establecido no le conviene que sus gobernados se eduquen mucho. Sostienen a veces, hinchando pecho, que han logrado reducir muchísimo las tasas de analfabetismo, a veces presumen de hasta un 100%, basándose en que prácticamente todos sus pueblos ya saben leer y escribir. Esa verdad a medias, en realidad suele ser un gran sofisma. Al poder, el verdadero poder, en todas las épocas siempre le ha ido bien tener grandes masas de súbditos ignorantes. Un griego, de aquellos, aseguró que era importante que la plebe creyera que dos más dos podían sumar tres y así pagar a los que ganaban dos dracmas diarios, tres por trabajar dos días. Reyes, Jefes de Estado, de Iglesias y poderosos de todos los pelajes lo han mantenido convenientemente, y me niego a pensar que no sabían lo que hacían y por qué lo hacían. Resumiendo: las mayorías iletradas han sido siempre útiles para sostener a los que mandan, y éstos han hecho muy poco históricamente por subsanar tamaña ventaja para sus designios. En el siglo XX, aunque no fue su autor, el que lo entendió bien fue el Dr. Joseph Goebbels, el gerifalte nazi; tan bien lo entendió, que hasta publicó un tratado sobre el asunto conocido como "11Principios de la propaganda"*. Goebbels, ya Ministro de Propaganda de Hitler lo oficializó, y el "führer" lo usó generosamente con excelentes resultados, empleando hábil y machaconamente todos los medios de difusión masiva de la época, además de discursos a su grey en actos multitudinarios, sin poder ser contestado. Archiconocido es, en el principio goebbeliano N°6: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad". Hay otros puntos que por cínicos no dejan de ser contundentemente útiles, por ejemplo el Principio N°1, de simplifica- ción y del enemigo único: "Adoptar una única idea, un único símbolo; Individualizar al adversario en un único enemigo", ó el Principio N°3, de la transposición: "Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque, si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan". Y tal vez el más utilizado por los políticos populistas de hoy y siempre, es el Principio N°5, de la vulgarización, que tan formidable resultado le dio a Hitler: "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar". La función del Ministerio de Propaganda nazi consistía en controlar todos los medios disponibles: la radio, televisión, cine, literatura, bellas artes etc. Asimismo, impedía que se conociera la información proveniente del exterior. Era también el encargado de promocionar o hacer públicos los avisos del gobierno. Las reglas establecidas por Goebbels, hoy día se conocen con el eufemismo de "marketing social". Sortear ese escollo no es manca tarea para los políticos opositores en liza. Pero mi escrito pretende ir en otra dirección. Acabamos de entrar en un año políticamente delicado, y el resultado lo dilucidarán los votantes, si los políticos a cargo, con sus siempre tornadizas reglas, lo permiten. Lo que realmente preocupa es qué pasará con la nueva Asamblea resultante; deberá enfrentar una tarea titánica para desenredar esta madeja que nos tiene virtualmente agarrotados. Me gustaría pedirles, si no es mucho pedir, que por favor se acuerden, pero en serio, de sus promesas electorales sobre la educación, esas que luego se volatizan. Un país moderno, como el que nos prometen todos, pasa antes que nada porque su gente esté bien enseñada desde la más tierna infancia y eso requerirá de buenos maestros, absolutamente en todos los niveles: primaria, secundaria, universitaria y hasta en oficios, que enseñen a comprender, no a leer y escribir solamente. Para lograr un país con gente culta, como el que todos deseamos, un buen maestro puede enseñar mucho mejor a la sombra de un mango, que uno malo en una escuela "con todos los hierros". Por supuesto, la administración debiera encargarse de que fuera de las profesiones mejor pagadas. El principio debiera ser: saber enseñar bien para aprender bien. Sin olvidar a los que nos cuidan la salud, ni a los custodios de nuestras vidas. Eso implica tener buenas leyes y mejores encargados de hacerlas cumplir. Ya se verá si lo ponen en práctica, no es pedir un imposible. Hay países que lo entendieron hace tiempo y notoriamente no les va tan mal. Llevará tiempo, pero ya es hora de empezar. Así será mucho más difícil embaucar a las masas del punto N°5 de Goebbels. carlosmmontenegro22@gmail.com * Los "11 Principios de la propaganda" de Joseph Goebbels. http://www.grijalvo.com/Goebbels/O nce_principios_de_la_propaganda.htm |
sábado, 25 de abril de 2015
CARLOS M. MONTENEGRO Aprender a Enseñar para Enseñar a Aprender ÁNIMAS DE PURGATORIO
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