Blog de Víctor José López /Periodista

sábado, 17 de enero de 2015

CARLOS M. MONTENEGRO El reloj




© Carlos M. Montenegro
TalCual


Desde que el hombre habita el mundo, el cielo era el que medía el tiempo, o sea, el día y la noche con su baile de estrellas alrededor, aunque sería una exageración hablar de precisión o puntualidad. La observancia del cielo ayudaba también a informar sobre las mareas, las estaciones o los puntos cardinales. No fue hasta el inicio del Renacimiento, cuando apareció el primer reloj con maquinaria mecánica.
En la Edad Media, las horas se sabían por el número de las campanadas de las torres de las iglesias en los pueblos y localidades mayores; había toques también que llamaban a duelo, celebraciones religiosas, procesiones, misas, horas de rezo, (como el ángelus) y alarma por diversos acontecimientos. La Iglesia puede decirse que controlaba la cotidianidad de la gente, creyentes o no. La ventaja de las campanas era que se podían oír a gran distancia, con lo que los campesinos estaban informados más o menos, en qué hora de la jornada se encontraban. Pero la exactitud ya era otra cosa, pues el “campanero”, encargado de tañerlas a su hora, podía retrasarse o no llegar, por diferentes motivos. Las actividades cotidianas llevaron al hombre a tener que dividir el tiempo en fracciones más pequeñas y exactas, especialmente en las ciudades.

Los relojes de la antigüedad

La primera noticia documentada, es que la división del día en 24 horas fue cosa de los antiguos egipcios, que inventaron el reloj de sol, y también dividieron el año  en 365 días. Según algunas versiones, se estableció por motivos religiosos, ya que “hora” en egipcio equivalía a “deber sacerdotal”, e indicaba en qué momento se debían celebrar los diferentes ritos. El reloj de sol primitivo consistía en un palo vertical sobre una superficie plana, que podía ser de piedra, madera y hasta papel. A medida que el sol se desplazaba producía una sombra que avanzaba con las horas en sentido de las agujas del reloj, que aún usamos;  cuando estaba en la vertical era mediodía, y el sol no producía sombra; los egipcios añadieron 12 marcas que eran las horas.
El problema estaba cuando llegaba la noche, así que inventaron también la “clepsidra”, o reloj de agua, muy usado en la antigua Grecia; consistía en transvasar líquido entre dos recipiente iguales y según el tamaño se sabía el tiempo transcurrido. La técnica era similar a los posteriores relojes de arena, y ambos, servían para el día y la noche. Hubo relojes de vela y de incienso, que medían el tiempo ardiendo.
Sobre la invención del reloj de arena no hay noticias ciertas de quién fue ni cuándo sucedió. Se supone que lo introdujo en Europa un monje llamado Liutprando en el siglo VIII, que ofició en la Catedral de Chartres, Francia. Pero hubo que esperar hasta el XIV, nada menos que seis siglos, para que se popularizara. En 1338, el pintor italiano Ambrogio Lorenzetti lo representó por primera vez en uno de sus frescos. Los marinos de la época le dieron pronto uso, pues a diferencia de la clepsidra, no le afectaban los vaivenes de las naves en la mar abierta. La Iglesia medía sermones, en la cocina las cocciones, o en los talleres  las pausas de trabajo. Aún hoy son usados para medir tiempos cortos, pues eran exactos. Es famoso el  enorme reloj de arena de Carlomagno que podía calcular 12 horas de una vez. Fernando de Magallanes usó 18 en cada una de sus naves cuando emprendió la vuelta al mundo, culminada por Elcano. Un grumete los volteaba para dar los tiempos al diario de navegación.

Y llegó el Renacimiento

Con el Renacimiento cambiaron drásticamente las cosas de como se conocían en la Edad Media. El Renacimiento que iba desde 1300 hasta finales de 1600 se caracterizó por un sorprendente auge creativo en todas las áreas del saber que se extendió por Europa, bien fueran artes, disciplinas científicas o militares, con inventos que condujeron a la Edad Moderna.
Es hacia 1300 cuando se concibe el reloj mecánico, precursor de los relojes actuales, hasta bien entrado el siglo XX. En ese tiempo los mercaderes y banqueros adoptaron rápidamente el nuevo invento, que disociaba el tiempo civil del marcado por la eclesiástica campana, y así podían precisar mejor el vencimiento de las letras de cambio, las primas de los seguros marítimos, hipotecas o los intereses de los empréstitos.
En 1436, el orfebre alemán Johannes Gutenberg, combinando invenciones previas como la tinta, el papel, los tipos móviles y la prensa, desarrolló la primera imprenta, que puso los libros al alcance de cualquiera.
Otra creación que se desarrolló tras invenciones previas fue el termómetro,  a partir del termoscopio, desarrollado por el  ingeniero griego Filón de Bizancio, el fisiólogo italiano Santorio Santorius y nada menos que el Galileo Galilei, quienes por separado aportaron su granito de arena. Sin embargo, fue Santorio el que aplicando una escala de temperatura lo convirtió en termómetro; además inventó el pulsilogium para medir el pulso y por si fuera poco ideó la primera cama de agua.
En 1608, el fabricante de gafas alemán Hans Lipperhey, patentó un aparato de lentes curvas que ampliaba 3 veces el tamaño  de las cosas y un año después, Galileo Galilei de nuevo usando el sistema de Lipperhey inventó el primer telescopio, que amplificaba las cosas distantes más de treinta veces, con el cual se cansó de observar las estrellas.

Relojes modernos

Eran dispositivos accionados por resortes y pesas que medían el tiempo en intervalos de 24 horas, como hoy. Otra vez Galileo, que le metía a todo, mejoró la cosa inventando el péndulo vamos, el tic tac-- que movía más exactamente las agujas del reloj y mejoraba la precisión. Grandes relojes se colocaron en torres y edificios importantes, como el del Parlamento en Londres o en la Puerta del Sol de Madrid; lo demás es bien conocido: hay relojes de cuco, de pared, eléctricos, digitales, de bolsillo, de muñeca, atómicos, y así hasta casi el infinito. Pero todos, todos, dan puntualmente la hora, como la del año nuevo.

Al Margen
Si niños de todas las edades, ancianos, y enfermos crónicos se nos mueren por falta de medicamentos, alimentos y atención especializada, con visos de empeorar, parece llegada la hora de sacudirnos los remilgos y pedir ayuda humanitaria a la Cruz Roja Internacional, para que nos manden medicinas.


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