Una multitud hace fila frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, el jueves pasado. Cuba y EEUU han reanudado sus conversaciones sobre inmigración.- ADALBERTO ROQUE / AFP/GETTY IMAGES inmigración.
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JOSÉ MANUEL PALLÍ
Vuelve a
ser noticia la reiniciación de las conversaciones entre Cuba y Estados Unidos
sobre asuntos migratorios.
Me causa
hasta pena escribir lo que acabo de escribir, porque la verdadera noticia (la
que creo yo espera la gran mayoría de los cubanos), es que eso que hoy es
“noticia” deje de serlo. Que se convierta en un hecho “normal” en el marco de
una relación también “normal” entre dos naciones que tienen una frontera en
común (el estrecho de la Florida), capaces de conversar sobre ese y muchos
otros temas que las afectan a las dos. Ese sería el mejor regalo de Reyes para
cualquier cubanito nacido hoy día en la isla.
Y las
conversaciones y reuniones son una “noticia” signada por una serie de elementos
anecdóticos –aunque serios e importantes– del tipo de los que, siempre
incidentalmente, han condicionado y desvirtuado todo intento de conversación y
/o acercamiento entre esas dos naciones unidas por tantos lazos históricos y
culturales que desaparecieron abruptamente hace más de medio siglo.
Elementos
como el tema de los cinco (ahora cuatro) espías, el caso Gross, la salvajada
del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, y tantos otros que tienen
dos características en común: siempre ocurren en el momento menos propicio para
lo que hasta entonces era un nuevo intento de acercamiento, y siempre escapan
al control de una de las dos partes, Estados Unidos, que se ve obligada a
reaccionar ante un hecho sorpresivo generado por la otra parte.
Así es
como, ante la reanudación del diálogo migratorio, muchos se preguntan si Cuba
liberará a Gross, que cumple una condena impuesta por un tribunal cubano, si
Estados Unidos complacerá a Cuba negociando un eventual canje por los cuatro
cubanos condenados por espionaje, o incluso si se ampliarán las conversaciones
entre las partes, como lo ha propuesto el gobernante cubano. Ninguna de esas
inquietudes está estrictamente relacionada con el tema migratorio.
Al
concluir las reuniones similares celebradas el año pasado, Cuba pidió la
derogación de la llamada Ley de Ajuste Cubano, que da a los cubanos que llegan
a territorio estadounidense un tratamiento privilegiado. Este sí es un tema que
hace a la relación migratoria entre los dos países, pero aun en este caso
aparece desvirtuado en la percepción de muchos, justamente por la “anormalidad”
que caracteriza a la relación entre Cuba y Estados Unidos. ¿Es real el clamor
de Cuba por la eliminación de lo que las autoridades cubanas llaman “ley
asesina”, se preguntan muchos, o es simplemente un arma más en su arsenal
propagandístico? ¿A quién si no a Cuba favorece esa ley que tantas veces le
sirvió a los Castro como válvula de escape?
Otros se
preguntan si es real la vocación de Raúl Castro por sentarse a negociar sobre
bases que permitan, eventualmente, derogar no solo la Ley de Ajuste sino todas
las leyes que restringen la interacción entre cubanos y estadounidenses. ¿Es la
postura de Raúl diferente a la de su hermano Fidel, quien según lo cuenta
Aznar, el ex jefe de gobierno español, en sus memorias, le aseguró que
necesitaba que los americanos le mantuvieran el bloqueo durante al menos un par
de generaciones más, para preservar la mística de plaza sitiada que durante
medio siglo le ha vendido al pueblo cubano?
Todas
estas preguntas surgen, a mi juicio, de la falta de comunicación, de diálogo,
que priva a Estados Unidos de un más fácil acceso a las verdaderas intenciones
de Cuba. El tipo de acceso que facilitan, en el caso de otros países, los
canales diplomáticos “normales” y las relaciones establecidas con el correr del
tiempo y el contacto frecuente entre los cuerpos diplomáticos de unos y otros.
En la
medida en que no se allane el camino para una mejor comunicación y se exploren
otras estrategias que no lleven al drenaje de su capital humano, Cuba corre el
riesgo de que le ocurra como a la Isla del Encanto, que pierde cerca de 55,000
habitantes (muchos de ellos profesionales) por año desde que comenzó “la
crisis” con una población que no llega ni a la tercera parte de la de Cuba.
Ese no
es el futuro que yo deseo para la tierra donde nací, y por eso es imperativo
dejar de lado los rencores (justificados o no) y el apego a verdades absolutas
que solo existen en nuestra imaginación, y comenzar a pensar en (y a trabajar
por) el cubanito recién nacido.
Abogado cubanoamericano.
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