lunes, 8 de julio de 2013

UN ARTÍCULO DE RICARDO COMBELLAS.


                                    

 Alfredo Pietri-Linares.

Un reciente artículo del ex constituyente Ricardo Combellas, publicado en El Universal el pasado 2 de julio “La locura constituyente”, me obliga a hacer algunos señalamientos en mi condición de ciudadano de convicciones democráticas; y, por tanto, contrario al régimen que desde hace 14 años desgobierna a Venezuela. 
Respondo porque en esa publicación se acusa, a quienes auspician una futura Asamblea Constituyente, convocada por iniciativa ciudadana, de ser “esquizofrénicos constitucionales”, neoliberales, gentes de derecha y otras cosas más. Acusaciones por demás violentas contra quienes pienso que tan sólo quieren dentro del cauce  legal una salida pacífica que recupere la legitimidad institucional y sustituya al ya podrido sistema que  destruye progresivamente lo que queda de país.  

Al igual que Herman Escarrá, Combellas viene de las filas copeyanas. El primero, me dicen que fue un discreto miembro de la fracción de abogados de ese partido, y el segundo, sin mayor figuración en el activismo político, llegó a ocupar un ministerio en el gobierno chiripérico de Caldera. Ambos saltaron raudos y veloces al carromato triunfante de la revolución y que socialista del siglo XXI. Seguramente ese paso lo dieron impulsados por muy patrióticas convicciones que no tengo derecho a cuestionar.

No me voy a referir a las últimas actuaciones del doctor Escarrá, porque para mí son un misterio y a estas horas no se cuál será su verdadera posición política después de retornar de aquella “marcha del no retorno”, y luego de haber enarbolado con contagiante vehemencia durante varios años, el 350 constitucional que consagra el derecho legítimo a la rebelión. Simplemente hago estas referencias para ubicarnos en algunos escenarios pasados que no debemos olvidar, y porque estos dos  otrora militantes del copeyanismo contribuyeron notablemente con el perverso sistema que hoy se consolida para desgracia del país y para arrechera de los que nunca creímos en el trasnochado mesías de aquel 4 de febrero; a quien -por cierto- el autor del artículo que hoy comento calificó en una oportunidad como “líder infalible”.

Ricardo Combellas fue protagonista de la Constituyente del 99. Eso me hace recordar que dicha Asamblea fue convocada por un Presidente electo en medio de uno de los más altos porcentajes de abstención de nuestra historia electoral. En un universo un tanto superior a los 11 millones de votantes, 3 millones 673 mil sufragaron a fines de 1998 por el candidato “bolivariano”; se abstuvieron 4.247.290, y los votos nulos fueron 450.000 (!!). Por el sector opositor Salas Romer sacó 2 millones 613 mil, y el resto se decidió por los otros aspirantes. El triunfo del candidato militar fue la victoria de una agresiva minoría (un poco más del 33 por ciento), sobre un decadente liderazgo dividido y desmoralizado, y ante una amplia mayoría nacional que se desmovilizó y bostezó con indiferencia ante el agotado discurso político de entonces.

Y si seguimos con los números de aquellos tiempos recordaremos que el ilegal Referéndum Consultivo Constituyente de abril del 99 ocurrió con más del 62 por ciento de abstención, y que a favor de la propuesta presidencial sufragó tan sólo el 37 por ciento del registro electoral. Pese a ese raquítico respaldo, con la complicidad de una cobarde Corte Suprema de Justicia, de catedráticos y juristas del talante de Combellas, y de oportunistas políticos (muchos de los cuales fueron luego desplazados), se violó la Constitución entonces vigente, y se abrió el boquete seudo-jurídico a través del cual se coló con insaciable sed de poder uno de los líderes más nefastos de nuestra historia republicana. Luego, en la elección de los diputados a la Asamblea Constituyente, el 25 de julio del mismo 1999, se abstuvo el 54 por ciento de la población electoral, y pese a que de los votos emitidos más de un 40 por ciento fueron a favor de la oposición, el gobierno se quedó con el 90 por ciento de los diputados. A la democrática representación proporcional de las minorías la sustituyó una tramposa repartición de escaños, que convirtió a la “soberana asamblea” en vulgar instrumento de la autocracia que estaba naciendo. Así comenzó esta larga agonía de la democracia venezolana. A pesar de ello, Combellas no duda en afirmar en su artículo con cara de yo no fui que “la constitución de 1999 recoge la idealidad de los sentimientos y anhelos más profundos del pueblo venezolano en ese momento”, y como si no bastara, remata la vergonzosa faena afirmando que la sanción popular de dicha constitución en diciembre de 1999 fue una “revolución pacífica y democrática” (eso sí con una abstención “tan sólo” de 55%).

En la prefabricada Carta Magna Bolivariana, los sumisos diputados le entregaron al Presidente el control absoluto de la fuerza armada y el monopolio exclusivo de los ascensos militares, para obligar a  vergonzosos servilismos como garantía de culminación exitosa en la carrera militar. Además alargaron a seis años el período presidencial y establecieron la reelección inmediata (prohibida en la Constitución del 61), facilitando al Comandante la opción continuista por doce años consecutivos, lo que a la larga le permitió prolongar indefinidamente su mandato y estrangular con la fuerza del Poder Ejecutivo al resto de las instituciones fundamentales del Estado.

Hoy, cuando la sociedad reacciona en la búsqueda de un cauce pacífico ante la tragedia que nos azota, aparece Combellas como francotirador del gobierno, en vez de guardar discreto silencio y humilde arrepentimiento ante la magnitud de sus errores. Por algo a este tipo de personajes que han servido a los tiranos, los llamó  Andrés Eloy Blanco “pendejos con palmas académicas”.

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