VÍCTOR JOSÉ LÓPEZ
Gabriel García Márquez no fue un personaje cercano a Hugo
Chávez, a no ser por la proximidad que crea la cita casi permanente de El
general en su laberinto, un libro que
sinceramente, como los otros muchos que refería constantemente, dudo haya leído
Chávez.
Sin embargo el premio Nóbel compartió con el teniente
coronel un viaje desde La Habana a Caracas en un avión de la Fuerza Aérea
venezolana, que García Márquez calificó como "... una buena experiencia de
reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una
personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que
teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era
el real?"
Todo ocurrió un par de semanas antes de la toma de posesión
de Hugo Chávez como presidente constitucional de Venezuela.
El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en
el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas,
hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente
constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres
días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y
Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento
armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano
puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de
ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros
en el avión.
Cuenta en su relato el Premio Nóbel que el primer conflicto
consciente con la política real de Chávez fue la muerte de Allende en
septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a
Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Más irónico aún es
que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años
después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.
"Además", le agregó Gabo, "usted estuvo a punto de matarlo". "De
ninguna manera", protestó Chávez. "La idea era instalar una asamblea
constituyente y volver a los cuarteles". Ya mentía Hugo Chávez, como no
dejaría de mentir por 14 años hasta morir rodeado de mentiras.
El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por
la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres
años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente
se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: "Nos vemos
aquí el 2 de febrero". Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares
condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que
había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la
suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un
ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.
Gabriel García Márquez
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