Un amanecer distinto para Venezuela
Tras el fallecimiento de Hugo Chávez, su país deberá encontrar, tarde o temprano, cauces de concordia. En este nuevo despertar, una fuerza latente deberá tener un protagonismo especial: los estudiantes

EDUARDO ESTRADA
“Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado, este Estado no debería existir, y al fin no existiría”.
Simón Bolívar, 20 de enero de 1830
Simón Bolívar, 20 de enero de 1830
Tenía
una concepción binaria del mundo. Veía el mundo dividido entre amigos y
enemigos, entre chavistas y “pitiyanquis”, entre patriotas y traidores.
En libros y ensayos reconocí su vocación social. Creo que la democracia
latinoamericana no podrá consolidarse sin Gobiernos que, junto al
ejercicio de las libertades y el avance de la legalidad, busquen formas
efectivas y pertinentes de apoyar a los pobres y marginados, a los que
no han tenido voz y apenas voto. Pero una cosa es la vocación social y
otra es la forma en que se practica esa vocación. Obsedido por una
anacrónica admiración del modelo cubano (y por la ciega veneración de su
caudillo eterno, a quien muchas veces llamó “padre”), Hugo Chávez
desquició las instituciones públicas venezolanas, desvirtuó y corrompió a
la compañía estatal PDVSA y protagonizó lo que quizá sea el mayor
despilfarro de riqueza pública en toda la historia latinoamericana. Pero
siendo tan graves sus errores económicos, palidecen frente a las llagas
políticas y morales que infligió a su país.
Chávez
no solo concentró el poder: Chávez confundió —o, mejor dicho, fundió—
su biografía personal con la historia venezolana. Ninguna democracia
prospera ahí donde un hombre supuestamente “necesario”, imprescindible,
único y providencial, reclama para sí la propiedad privada de los
recursos públicos, de las instituciones públicas, del discurso público,
de la verdad pública. El pueblo que tolera o aplaude esa delegación
absoluta de poder en una persona, abdica de su libertad y se condena a
sí mismo a la adolescencia cívica, porque esa delegación supone la
renuncia a la responsabilidad sobre el destino propio.
El
daño mayor es la discordia dentro de la familia venezolana. Nada me
entristeció más en mis visitas a Caracas (nada, ni siquiera la escalada
del crimen o el visible deterioro de la ciudad) que el odio inducido
desde el micrófono del poder contra el amplio sector de la población que
disentía de ese poder. El odio de los discursos, de las pancartas, de
los puños cerrados; el odio de los arrogantes voceros del régimen en
programas de radio y televisión. El odio de las redes sociales plagadas
de insultos, calumnias, mentiras, teorías conspiratorias,
descalificaciones, prejuicios. El odio del fanatismo ideológico y del
rencor social. El odio cerrado a la razón e impermeable a la tolerancia.
Esa es la llaga histórica que deja el chavismo. ¿Cuánto tardará en
sanar? ¿Sanará alguna vez? Es un verdadero milagro que Venezuela no haya
desembocado en la violencia partidista y política.
Desde
hace unas semanas, al agudizarse la enfermedad de Chávez, anticipé su
inmediata y tumultuosa santificación. Así ocurrió con Evita Perón en
Argentina, pero dada la tradición caudillista de Venezuela, la
sacralización de su figura será más honda y permanente. Hugo Chávez ha
logrado la inmortalidad que soñó siempre. En el alma de muchos de sus
compatriotas (y de no pocos simpatizantes en América Latina) compartirá
las glorias del Libertador. Hasta el comandante Fidel Castro podría
sentirse desplazado, víctima de un suave pero implacable parricidio.
¿Qué
ocurrirá ahora, tras su muerte? Toda conjetura es riesgosa y todo puede
pasar, hasta la división interna entre el ala ideológica y militar del
chavismo o el triunfo de la oposición. Con todo, es probable que el
sentimiento de pesar, aunado a la gratitud que un amplio sector de la
población siente por Chávez, faciliten el triunfo de un candidato
oficial en unas eventuales elecciones. A ello contribuirán también los
órganos electorales, fiscales, judiciales y —en parte— los legislativos,
que seguirán en manos del chavismo. Su retrato, su silla vacía, su
imagen retransmitida interminablemente, acompañarán por un tiempo al
nuevo presidente. Pero todos los duelos tienen un fin. Y en ese momento
todos los venezolanos, chavistas y no chavistas, deberán enfrentar la
gravísima realidad económica.
Los
indicadores de alarma son del dominio público. El déficit fiscal es del
20% del PIB, unos 70.000 millones de dólares. El tipo de cambio oficial
de poco más de 6 bolívares por dólar, se triplica en el mercado negro.
La inflación, por varios años, ha sido la más alta de la región. El
desabasto (originado por el desmantelamiento de la planta productiva, el
éxodo de la clase media profesional y la crónica falta de inversión) se
ha convertido casi en una tradición venezolana. Hay una aguda carestía
de divisas. ¿Cómo explicar que un país que en la era de Chávez ha
percibido más de 800.000 millones de dólares por ingresos petroleros
presente cuentas tan alarmantes?
Buena
parte de la explicación está en el petróleo. En 1998 Venezuela producía
3,3 millones de barriles diarios y exportaba (y cobraba) 2,7 millones
de barriles diarios. Ahora la producción se ha desplomado a 2,4 millones
de barriles diarios, de los que solo cobra 900.000 (los que vende a
Estados Unidos, el odiado imperio). El resto que no se cobra se divide
así: 800.000 van al consumo interno, prácticamente gratuito (y que
provoca un jugoso negocio de exportación ilegal); 300.000 se destinan a
pagar créditos y productos adquiridos en China; 100.000 se restan por
importación de gasolina; y 300.000 van a países del Caribe que pagan (si
es que pagan) con descuentos y plazos amplísimos; o simbólicamente,
como Cuba, que paga sus 100.000 barriles con el envío de personal
médico, educativo, y policial (y se beneficia del petróleo venezolano al
extremo de reexportarlo).
Un
presidente chavista deberá enfrentar esta realidad y encarar al
público. Pero ese mandatario ya no será Chávez, el hipnótico Chávez,
Chávez el taumaturgo, el líder que lo explicaba todo, lo justificaba
todo, lo amortiguaba todo. La gente reaccionará a esas situaciones con
indignación: culpará a los chavistas de no estar a la altura de su
legado, dirá “Chávez no lo habría permitido”, “Chávez lo habría
resuelto”. Llegado ese punto, el propio régimen chavista podría
persuadirse de la necesidad de un diálogo conciliatorio que ahora parece
utópico. Y ahí podría abrirse una oportunidad tangible para la
oposición.
Después
de largos años de inconsistencias, omisiones y errores, la oposición
venezolana ha estado unida, eligió a un líder inteligente y valeroso
(Henrique Capriles) y tuvo un buen desempeño en las elecciones: recabó
casi siete millones de votos. Durante la agonía de Chávez, sin dejar de
alzar la voz de protesta, la oposición mostró una notable prudencia que
debe refrendar en estos días de duelo y crispación. Si la oposición —que
ha esperado tanto— conserva la cohesión y la presencia de ánimo, podría
avanzar en las siguientes elecciones (legislativas, regionales,
presidenciales) y recuperar las posiciones que ha perdido. En ese
despertar, una fuerza latente deberá despertar también: los estudiantes.
Tuvieron un papel clave en el referéndum de 2007 (que impidió la
conversión abierta de Venezuela al modelo cubano) y quizá lo tengan una
vez más ahora.
Si
bien nadie puede descartar los escenarios de violencia, no los preveo.
Por el contrario: creo que con el fallecimiento del gran caudillo
mesiánico (“redentor”, lo llamó abiertamente el propio Maduro) Venezuela
deberá encontrar, tarde o temprano, cauces de concordia: si en los tres
lustros de Chávez la violencia verbal no se desbordó en violencia
física, es razonable esperar que no estalle ahora. Y el cambio podría
ser contagioso: Cuba, la Meca del redentorismo histórico, el único
estado totalitario de América, podría reformarse también como Rusia y
China lo hicieron en su momento. Toda la región podrá oscilar entonces
entre extremos políticos no radicales: regímenes de izquierda
socialdemócrata, y Gobiernos de economía más abierta y liberal. Y para
que el tránsito sea menos accidentado, Estados Unidos haría bien en dar
señales inéditas de sensatez, levantando por fin el embargo a Cuba y
cerrando definitivamente las cárceles de Guantánamo.
El
siglo XIX latinoamericano fue el del caudillismo militarista. El siglo
XX sufrió el redentorismo iluminado. Ambos siglos padecieron a los
hombres “necesarios”. Tal vez en el siglo XXI despunte un amanecer
distinto, un amanecer plenamente democrático.
Enrique Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres.
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