Blog de Víctor José López /Periodista

domingo, 24 de marzo de 2013

A propósito de “La Bayamesa”, el himno de Cuba

 

Por Willy McKey 


“En cadenas vivir es vivir/ en afrenta y oprobio sumidos”
Versos de La Bayamesa
“A mí no me gusta la política pero/ yo le gusto a ella, compañero”
Porno para Ricardo

Al himno nacional de Cuba le fueron retiradas cuatro estrofas en 1902. La razón fue que en el albor del siglo XX no se consideraba apropiado que en el himno de un país se ofendiera a otro.
De las estrofas eliminadas, la más interesante, desde el punto de visto poético, es la penúltima: “Contemplad nuestras huestes triunfantes./ Contempladlos a ellos caídos./ Por cobardes huyen vencidos./ Por valientes, supimos triunfar”. El tono bélico de las canciones de guerra desaparece y el temple de los versos es el de la victoria aguerrida, sin el famoso honor del vencido a cambio de la gloria del vencedor.
Una de las ideas que se terminaron de cuajar en América a finales del siglo XIX fue esa abstracción compleja y demasiado viva llamada Patria. Cuando, en 1868, Carlos Manuel de Céspedes y el Grito de Yara determinaron el arranque de la independencia de España en Cuba, también estaban detrás de la construcción necesaria de la Patria. No del país. No de la República. La Patria. Y por eso la canción arrancaba con esos versos “¡Al combate, corred bayameses!/ Que la Patria os contempla orgullosa./ No temáis una muerte gloriosa,/que morir por la patria, es vivir”.

Porque la noción de Patria tiene eso: siempre nos vigila y lo mejor es mantenerla orgullosa. Está conformada por factores serios y complejos. Está ahí —junto al accidente geográfico que hace que uno deba encariñarse con un territorio— el panteón de unos próceres que parecen no haberse equivocado jamás mezclándose con las biografías notables en el inventario de estatuas. Y también están los escudos. Y las banderas. Y los himnos… ahí está la Patria: hecha de puro orgullo, de pecho inflado y conveniencia.
Debo volver a la primera estrofa: “¡Al combate, corred bayameses!/ Que la Patria os contempla orgullosa./ No temáis una muerte gloriosa,/que morir por la patria, es vivir”. 

La idea de Patria es tan abstracta que puede existir, contemplarnos e incluso podemos morir por ella antes de que sea convertida en una realidad.
Otra de las estrofas eliminadas de La Bayamesa rezaba: “¡Cuba libre! Ya España murió,/ su poder y su orgullo, ¿do es ido?/ Del clarín escuchad el sonido,/ ¡a las armas, valientes, corred!”

Es otra de las características de la noción de Patria que cada vez se acomodan menos al tiempo: la cercanía a la muerte, la sangre y el estallido. La valentía como un ejercicio violento y el enemigo convertido en el tema central de la épica propia.
El asunto es que, a medida que se iba acercando el siglo XXI, los hombres y mujeres nos dimos cuenta de que aunque la Patria esté vigilante e inmaculada, vivimos es en el país. No podemos mudarnos a las cornucopias del escudo ni agarrar como techo el arco de las ocho estrellas. Vivimos en el país y sus condiciones empíricas, reales, verdaderas. Y ésas no se recuerdan en las carteleras de los colegios con cada efeméride, sino en la cotidianidad de cada ciudadano.

La otra estrofa de La Bayamesa que sobrevivió al paso al siglo XX fue “En cadenas vivir es vivir/ en afrenta y oprobio sumidos./ Del clarín escuchad el sonido./¡A las armas valientes corred!”, y creo que para muchos la idea de Patria puede convertirse en esa larga cadena que envuelve la vida, una cadena cuyo final está en un ancla que se afinca en el pasado. Porque es allí donde sucede la Patria: justo donde opera la memoria. Sólo ahí es útil el recuerdo.
El país, en cambio, está allá afuera, poniendo a prueba la fragilidad de los discursos. Con o sin cadenas.

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