
Por Willy McKey
“En cadenas vivir es vivir/ en afrenta y oprobio sumidos”
Versos de La Bayamesa
Versos de La Bayamesa
“A mí no me gusta la política pero/ yo le gusto a ella, compañero”
Porno para Ricardo
Porno para Ricardo
Al himno nacional de Cuba le fueron
retiradas cuatro estrofas en 1902. La razón fue que en el albor del
siglo XX no se consideraba apropiado que en el himno de un país se
ofendiera a otro.
De las estrofas eliminadas, la más
interesante, desde el punto de visto poético, es la penúltima:
“Contemplad nuestras huestes triunfantes./ Contempladlos a ellos
caídos./ Por cobardes huyen vencidos./ Por valientes, supimos triunfar”.
El tono bélico de las canciones de guerra desaparece y el temple de los
versos es el de la victoria aguerrida, sin el famoso honor del vencido a
cambio de la gloria del vencedor.
Una de las ideas que se terminaron de
cuajar en América a finales del siglo XIX fue esa abstracción compleja y
demasiado viva llamada Patria. Cuando, en 1868, Carlos Manuel de
Céspedes y el Grito de Yara determinaron el arranque de la
independencia de España en Cuba, también estaban detrás de la
construcción necesaria de la Patria. No del país. No de la República.
La Patria. Y por eso la canción arrancaba con esos versos “¡Al combate,
corred bayameses!/ Que la Patria os contempla orgullosa./ No temáis una
muerte gloriosa,/que morir por la patria, es vivir”.
Porque la noción de Patria tiene eso:
siempre nos vigila y lo mejor es mantenerla orgullosa. Está conformada
por factores serios y complejos. Está ahí —junto al accidente geográfico
que hace que uno deba encariñarse con un territorio— el panteón de unos
próceres que parecen no haberse equivocado jamás mezclándose con las
biografías notables en el inventario de estatuas. Y también están los
escudos. Y las banderas. Y los himnos… ahí está la Patria: hecha de puro
orgullo, de pecho inflado y conveniencia.
Debo volver a la primera estrofa: “¡Al
combate, corred bayameses!/ Que la Patria os contempla orgullosa./ No
temáis una muerte gloriosa,/que morir por la patria, es vivir”.
La idea
de Patria es tan abstracta que puede existir, contemplarnos e incluso
podemos morir por ella antes de que sea convertida en una realidad.
Otra de las estrofas eliminadas de La
Bayamesa rezaba: “¡Cuba libre! Ya España murió,/ su poder y su orgullo,
¿do es ido?/ Del clarín escuchad el sonido,/ ¡a las armas, valientes,
corred!”.
Es otra de las características de la noción de Patria que cada
vez se acomodan menos al tiempo: la cercanía a la muerte, la sangre y
el estallido. La valentía como un ejercicio violento y el enemigo
convertido en el tema central de la épica propia.
El asunto es que, a medida que se iba
acercando el siglo XXI, los hombres y mujeres nos dimos cuenta de que
aunque la Patria esté vigilante e inmaculada, vivimos es en el país. No podemos mudarnos a las cornucopias del escudo ni agarrar como techo el arco de las ocho estrellas. Vivimos en el país
y sus condiciones empíricas, reales, verdaderas. Y ésas no se recuerdan
en las carteleras de los colegios con cada efeméride, sino en la
cotidianidad de cada ciudadano.
La otra estrofa de La Bayamesa que
sobrevivió al paso al siglo XX fue “En cadenas vivir es vivir/ en
afrenta y oprobio sumidos./ Del clarín escuchad el sonido./¡A las armas
valientes corred!”, y creo que para muchos la idea de Patria puede
convertirse en esa larga cadena que envuelve la vida, una cadena cuyo
final está en un ancla que se afinca en el pasado. Porque es allí donde
sucede la Patria: justo donde opera la memoria. Sólo ahí es útil el
recuerdo.
El país, en cambio, está allá afuera, poniendo a prueba la fragilidad de los discursos. Con o sin cadenas.
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