El sueño de los miserables, por William Ospina
Por Prodavinci
| 25 de Febrero, 2013
A finales del siglo XVIII triunfaba en Europa la razón.
El Racionalismo iluminó con su filosofía
hasta los rincones más inadvertidos de la realidad física, e hizo que
Goethe afirmara que leer a Kant era “como entrar en una habitación muy
bien iluminada”.
Una generación exultante inauguró la fe
en el progreso; los jóvenes corrieron a las barricadas, afilaron las
cuchillas de las guillotinas y emprendieron la tarea terrible de igualar
a los hombres cortando las cabezas venerables del Antiguo Régimen.
Pero la fe en la razón trajo al mismo
tiempo el despertar de los inventos. La conquista de la electricidad
permitió diseñar máquinas que facilitaran o reemplazaran el trabajo
humano. No se trataba precisamente de traer descanso a las generaciones
que se encorvaban trabajando en las granjas y en las factorías: más bien
de poner freno a los reclamos y las exigencias de los obreros.
La industria quiso contar por fin con
obreros perfectos: máquinas obedientes que no pidieran aumentos de
salario ni servicios de salud, sino sólo un poco de electricidad y un
poco de aceite. La primera revolución de la industria trajo un
incremento de la injusticia laboral, y los obreros vieron en las
máquinas la aparición de un nuevo enemigo.
De todas esas cosas, de las luces de la
Ilustración, de las pesadillas de la industrialización, de la nostalgia
de un mundo sin humo y sin estruendo, del recuerdo de la noche sin
lámparas de gas, agobiada de viejas leyendas y de cosas siniestras, se
alimentó el Romanticismo, que fue a la vez el estilo vital de una época,
pero también un tipo de literatura, de arte y de música, que condensaba
todas esas cosas y que creció como espuma en las primeras décadas del
siglo XIX.
El Romanticismo nació en unos cuartos de
miseria donde, como decía Chesterton, unos pobres muchachos tísicos se
alejaban del mundo y se encerraban a conversar con los dioses. En el
cuarto donde murió posiblemente de hambre o de láudano el poeta
Chatterton; en el cuarto donde John Keats recibió la tuberculosis de los
labios enamorados de Fanny Browne; en los cuartos donde dormían Percy
Shelley y su novia Mary Godwin, mientras la hermana de ella espantaba
las ratas.
Y todo eso ocurría en la bruma de
Londres, que era en realidad el humo de las fábricas ensombreciendo los
suburbios, o en las barriadas donde después transcurrirían las novelas
de Dickens, o en los arrabales anónimos donde vivía sus pesadillas de
opio Tomas de Quincey, o en las calles atestadas donde Edgar Allan Poe
concibió su cuento “El hombre de la multitud”, o donde Baudelaire vio
pasar a una mujer bellísima, y sólo al perderla de vista comprendió que
sólo ella lo habría comprendido, que la mirada que se cruzaron contenía
sus vidas, y que ya se habían perdido para siempre.
Del espíritu del Romanticismo condensó Víctor Hugo su novela Los miserables,
cuya versión cinematográfica, dirigida por Tom Hooper, acaba de
estrenarse. Esta novela marcó como pocas a las gentes del siglo XIX,
porque tocaba todas las fibras sensibles de esa época: la pobreza, los
trabajos forzados, la cárcel, la explotación de los pobres, la niñez
abandonada, la arbitrariedad policial, la desdicha como destino, el
heroísmo suicida de los revolucionarios, la otra vida como consuelo para
las interminables desdichas de ésta.
Ahora todo eso nos llega un poco
deslucido por los cambios de paradigmas de la época. Esa historia en
Europa es antigua, aunque para nosotros parezca tomada de los diarios de
esta mañana, pero ya tal vez los jóvenes no se deleitan tanto con
historias de lágrimas; y la idea de una persecución eterna, de una
injusticia persistente, de unos niños abandonados, de unos hombres que
casi no logran abrirse camino en medio de la adversidad, de unas madres
que lloran sus ojos pensando en el porvenir casi imposible de sus críos,
conmueve menos al mundo, porque a lo largo del siglo XX vimos cosas
mucho peores, porque la crueldad humana y la desesperación alcanzaron
cumbres y abismos más innombrables, y las penas románticas parecen ahora
paisajes pastoriles, casi leyendas rosa de una edad de inocencia y de
ingenuidad, ante los nuevos peligros del mundo.
Por eso se requiere cierta inocencia
para aceptar este tropel de visiones del siglo XIX, enriquecidas por una
bella fotografía, una gran destreza escenográfica, y una banda sonora
extraordinaria. Además, el género del teatro musical exige indulgencia,
porque ya nos resulta un poco inverosímil que en los momentos de mayor
dolor o dificultad los actores encuentren aire para entonar sus cantos, y
pongan cara de estar sintiendo de verdad esos sufrimientos tan
elaborados por el compositor y el libretista.
Todo género impone sus condiciones.
Entonces jugamos a que la vida es así, a que en medio del cañoneo los
insurrectos consiguen formar el coro, y en medio de la agonía las madres
se animan a cantar sus penas.
Pero aceptadas esas convenciones, pocas
veces nos será dado asistir a una representación tan emotiva como la que
Anne Hathaway nos ofrece con su canto. Podemos olvidar el pathos del
Romanticismo, podemos ignorar el clima mental que engendró hace siglo y
medio esta novela que nadie olvida, podemos hasta ignorar la fama del
musical que hace tantos años se representa en Broadway cada noche, pero
no olvidaremos esa emotiva interpretación de “I dreamed a dream”, donde
una de las primeras actrices de la época muestra, sin duda, una
sensibilidad y un talento excepcionales.

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