Por Mari Montes
| 2 de Octubre, 2012

Vas a decir adios
Se me hace un nudo en la garganta.
Imagino cómo debes sentirte. Lo hemos conversado centenares de veces,
que uniformado en un campo de pelota es como más te diviertes.
Tiene que ser muy difícil, pensando en
que desde que te encontraste con tu primera pelota de beisbol, no has
hecho otra cosa que jugar, imaginarse el último día después de 24
campañas en las Grandes Ligas y casi 40 años fildeando y esperando
rendir con el bate. Desde que te uniformaste por primera vez en pre
infantil con Gran Mariscal.
En aquellos días en el campo “Las
piedritas” de Santa Eduvigis, donde las pelotas picaban de cualquier
manera pero igual terminaban en tu guante.
Desde entonces han pasado tantos
innings, tantos lances, atrapadas con la mano limpia, en el aire, con el
guante de revés, elegantísimo, como el mejor bailarín, como Nureyev,
como si volaras. Tu dices que esas cosas las perfeccionaste bailando
salsa, pero si le ponemos música de Tchaikovsky a un video de tus
jugadas, sería más apropiada.
Pienso que no debió ser fácil decidir
“hasta aquí llegué”, sobre todo porque sigues alcanzando pelotas y aún
puedes aportar con el bate. Pero tanto tiempo en el banco no divierte.
Ya te tocará ver el juego desde el clubhouse, cuando seas manager de los
Leones de Caracas y más tarde de algún equipo de Grandes Ligas.
Recuerdo que comenzando esta temporada,
en mis citas mañaneras recordé a Roy Campanella ” Tienen que arrancarme
este uniforme para que deje de jugar beisbol”. Preguntaste hasta cuándo
jugó. Te respondí de inmediato: ” Hasta los 37, sufrió un accidente de
tránsito que lo dejó en silla de ruedas”.
Fue obvio que la cita te movió. Palabras con las que te identificaste, que seguramente pensaste o dijiste ni tan en secreto.
Ha sido una temporada rara. Para
recordar cada juego, cada chance que aprovechaste para ascender en la
lista de los hombres que más hits han conectado en la historia del juego
y dejar atrás a Babe Ruth, igualarte con Mel Ott, nombres que
significan poder y tu, que eres uno de los mejores guantes que se han
visto y un bateador que decidió no resignarse a ser sólo un brillante
campo corto.
Y hay quien saca cuentas de cuánto
tiempo le tomó a este o aquel acumular tantos imparables. Yo prefiero
quedarme con esa respuesta tan sencilla que me diste hace poco: “Llegué a
cada juego con la intención de dar un hit”.
Y me vienen a la mente tantos ratos,
Kike, desde que soñabas con firmar al profesional cuando la mayoría de
tus amigos aún no sabíamos que queríamos hacer con nuestras vidas.
Cuando empezaste a estudiar inglés en el
CVA, con esa disciplina que te caracteriza, para no llegar tan perdido y
desde allá hasta aquí montones de jugadas, batazos, toques de bola,
bases robadas, acrobacias increíbles, carcajadas…no se me olvida tu
dolor, tu cara desencajada cuando Edgar Rentería sonó aquel hit que
acabó con las aspiraciones de los Indios de ser campeones de la Serie
Mundial.
Pasaron tantas pelotas en 24 temporadas.
Rectas, curvas, cambios, a 100 millas por hora, lentas, soltadas con
los nudillos, altas, bajas, piconazos. Unas las conectaste, otras no, a
casi todas las atrapaste y siempre te divertiste.
Fueron 11 Guantes de Oro, 9 en fila. El único campo corto que ha podido ganarlo en la Liga Americana y en la Liga Nacional.
Imagino que si yo tengo un nudo en la
garganta pensando en que no voy a verte jugar más, tu debes estar
revuelto de emociones. Pero volteo Kike, miro hacia atrás, tan lejos
como a la cancha de basquet del “Francisco Espejo” y pienso que lo único
que puedes sentir es un orgullo inmenso por todo lo que lograste.
Más allá de números, de premios, de
crónicas resaltando tu maravillosa carrera, de los elogios y todo eso,
tienes que estar feliz porque nunca te rendiste. Cuando dijeron que sólo
eras un guante, te hiciste ambidextro y te hiciste un bateador capaz
de aportar a la ofensiva. Mejoraste, todo el tiempo trabajaste para ser
mejor, para mantenerte, para quedarte, para que nadie te arrancara el
uniforme.
Qué maravilla, Kike, voltearse a ver el
camino recorrido y encontrarse con tanto. Edificaste una leyenda
trabajando duro. Esas son las historias que perduran. Sin complejos, con
ganas, con rigor, con una sonrisa…
Te tocará quitarte el uniforme y no
quiero imaginarlo, tu tienes 45 y yo también y desde que llegaste a las
Mayores estoy hablando de ti, escribiendo de ti, contando tus piruetas y
explicando por qué eres el mejor ejemplo de que no hay imposibles.
Yo se que voy a seguir escribiendo de
ti, leyendo de ti. Te imagino como a Casey Stengel o Bobby Cox, eterno e
ingeniándotelas para ganar, pero hoy me siento triste. Me aflige saber
que te vas, es todo.
¡Adios Kike, gracias por cada cosa que hiciste. Gracias por ser la mejor noticia de tantas mañanas!
No hay comentarios:
Publicar un comentario