Eligio García Márquez,
el hermano del premio Nobel de Literatura al que llaman Gabo, contó en
1971, en un texto periodístico que luego entró en un libro (Así son,
publicado por primera vez por Oveja Negra, 1982), lo que el más famoso
de los escritores de lengua española del siglo XX dijo cuando empezaron a
atosigarle con las consecuencias de la gloria. Lo que él quería ser era
pianista en Zúrich.
Según Eligio, ya le buscaban de todas
partes, porque su novela Cien años de soledad, publicada cuatro años
antes, había tenido un éxito abrumador y le daban premios que para él
eran castigos.
"Pienso que más valiera estar muerto", le dijo a Armando Durán.
"Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el
éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener
escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como
salchichas". Como salchichas en todas partes; ya García Márquez estaba
marcado por esa gloria que lo martirizaba. Y decía: "Me he negado a
convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos
literarios, las conferencias, la vida intelectual, y he tratado de
encerrarme dentro de cuatro paredes, a diez kilómetros de mis lectores, y
sin embargo ya me queda muy poca vida privada: mi casa, tú lo has
visto, parece siempre un mercado público".
Había renunciado a
premios en Italia y en París, "no solo por pudor, sino porque pienso que
también esto es mentira"; quería dedicarse tan solo a "las canciones de
los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos". Fue entonces
cuando le preguntaron: "Y si no hubieras sido escritor, ¿qué habrías
querido ser?". Contestó: "El otro día, entre dos trenes, me refugié de
una tormenta de nieve en un bar de Zúrich. Todo estaba en penumbra, un
hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran
parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, habría
querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la
cara, solo para que los enamorados se quisieran más".
Se tuvo que conformar con ser el escritor más famoso del mundo y con escuchar el piano en las grabaciones de Mozart o Bach.
Se
defendía del acoso de los admiradores y de los periodistas emitiendo
carcajadas grabadas, para romper el hielo, instaladas en el quicio de la
puerta de su casa en Barcelona, cuando vivió allí por aquel entonces,
deglutiendo la gloria, y se curó poco a poco haciéndose más reservado y
más solitario, más alejado de las apariciones públicas, de las
entrevistas y de las lecturas multitudinarias.
Esa búsqueda de la
soledad no fue en García Márquez una decisión repentina, ni tampoco un
meditado abandono de la luz pública; él era así antes, lo que pasa es
que entonces huía del éxito y antes huía del gentío, de las amistades e
incluso del periodismo, el oficio de su pasión, para dedicarse a su
vocación más seria: la literatura.
Ahora se publican dos libros
en los que aparecen esos dos Gabo, uno haciendo periodismo de día y el
otro haciendo literatura de noche, como si fuera destejiendo en un sitio
y tejiendo en otro, agarrando por los pelos la realidad ("torciéndole
el cuello al cisne", como le aconsejó un maestro que había que hacer
para hacer buen periodismo) y agarrando los sueños por donde más se
desvanecen, es decir, contando historias que nunca pasaron o que pasaron
porque él las contó.
Un libro es Gabo periodista, que ha
juntado en torno al oficio de García Márquez a algunos de sus colegas
(escritores o periodistas), a los cuales la Fundación Nuevo Periodismo,
que él fundó (y que dirige Jaime Abello ), les pidió que buscaran
en la ingente producción periodística del autor de Relato de un
náufrago lo que más les impresionara.
El resultado –un libro que
han publicado la fundación de Gabo y el Fondo de Cultura Económica con
el apoyo fundamental de la Organización Ardila Lülle– es abrumador, pero
no por la cantidad, sino por la evidencia de que este escritor de
periódicos que no dormía ni comía cuando aún ni era famoso ni tenía un
peso ha escrito el mejor periodismo en español de este siglo.
La mirada de Plinio
El
otro libro es Gabo. Cartas y recuerdos, que ahora publica en España
Ediciones B, de uno de los primeros amigos de García Márquez, el
periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, con
quien viajó por América Latina y por Europa cuando ambos eran unos
chiquillos, como decía el propio Gabo, "felices e indocumentados".
Este
libro ya conoció una versión anterior, en 2000; ahora cuenta Mendoza
que, de acuerdo con el hijo de García Márquez, su ahijado Rodrigo,
Plinio ha añadido algunas cartas que tienen que ver, sobre todo, con la
aventura de escribir Cien años de soledad. En la carta que aquí se
reproduce, Gabo es tan minucioso, por citar un caso, como Malcolm Lowry cuando le comenta a Jonathan Cape sus impresiones de lector de su propia obra, Bajo el volcán.
En
el caso de García Márquez, recién publicada su obra cumbre (la primera
edición salió el 5 de junio de 1967), halla tiempo en medio de la
vorágine para decir cómo es "el mamotreto por dentro". Cien años de
soledad había hecho un largo recorrido, "en realidad (…) fue la primera
novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa,
y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande".
Plinio y Eligio cuentan por separado, uno ahora y el otro en 1971, el
trayecto de esa novela en los momentos finales.
Dice Eligio en
aquel libro, Así son: "Un día de enero de 1965, mientras guiaba su Opel
por la carretera de Ciudad de México a Acapulco, surgió íntegra en su
mente la novela que venía imaginando pacientemente desde su
adolescencia. En una decisión suicida dejó la economía de la casa en
manos de Mercedes, su mujer, y se encerró a escribir el libro que le
daría prestigio, pero también soledad".
En 1967, después de
aquella carta que Plinio recoge, Cien años de soledad apareció en la
Editorial Sudamericana de Buenos Aires y ya desde entonces no dejó de
ser reimpresa hasta pulverizar récords editoriales. Pero mientras se
hizo, lo revela el propio Gabo, fue un dolor de cabeza, acentuado por el
hambre que pasaban él y su familia, como recuerda Mercedes Barcha, su mujer, al frente de una aventura de subsistencia de la que él procuraba no enterarse.
Ella se lo cuenta en una entrevista rara –porque ella no suele hablar en público de la obra de su marido– que le hizo Héctor Feliciano
en México y en Cartagena y que aparece como uno de los colofones del
libro Gabo periodista. "De Mercedes, en realidad, se sabe poco", informa
Feliciano en el preámbulo. "Hasta ahora ha concedido dos cortas
entrevistas que datan de los años ochenta. Conversó solo una vez con el
biógrafo inglés de su esposo [Gerald Martin ] y luego no quiso
verlo". Aquí, en presencia de Jaime Abello, el director de la fundación,
y de otras personas de su círculo más íntimo, Mercedes sí habla, aunque
poco, cada vez que lo estima pertinente.
Ella asistió a aquel
parto literariamente sublime, el de Cien años de soledad, pero no quiso
leer ni una línea hasta que el manuscrito, que ella misma envió a la
editorial, en dos paquetes, para que el envío saliera más barato, fuera
el libro cuya cubierta diseñó Vicente Rojo. Cuando le mandaron el
trabajo ya impreso desde Sudamericana, le cuenta Mercedes a Feliciano,
"lo leí en la cama y Gabito estaba acostado al lado mío, a ver cómo
reaccionaba. Lo leí avorazada". Esa voracidad la llevó a leerlo tres
veces y a considerar, entonces y ahora, que es el mejor libro de su
marido. "Es una maravilla. Ese capítulo de la lluvia y de la peste. ¡Esa
Úrsula… La pobre Úrsula es una maravilla". ¡Y la novela entera… "¡Es
que es como un torrente… Uno pasa de capítulo y no se da cuenta. Cuando
vas de un capítulo a otro, tú no lo notas".
Su marido sí lo
notaba. Y también que estaba escribiendo el libro que soñó de
adolescente, y sabía que podría ser excepcional. Se lo dijeron
enseguida. Él le cuenta a Plinio el 17 de marzo de 1967, algo después de
que cumpliera 41 años (nació el 6 de marzo de 1926): "El problema de
Cien años de soledad no era escribirla, sino que pasara el trago amargo
de que la lean los amigos que a uno le interesan. Ya faltan pocos,
afortunadamente, y las reacciones han sido mucho más favorables de lo
que me esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la
editora Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de
10.000 ejemplares, y hace quince días, después de mostrarles a sus
expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiro". Había como una
intuición internacional a favor del libro aun antes de que este se
hiciera carne y habitara entre nosotros.
La agente del boom, Carmen Balcells, se estaba encargando de lo más delicado, ponerle patas a Cien años de soledad, hacer que caminara por el mundo; Mario Vargas Llosa,
que ya era uno de los autores más prominentes de la literatura en
español, también toca a rebato. Ahí lo cuenta García Márquez, que
informa en una de las cartas a Plinio: "El libro sale en mayo en
español. En francés ya lo tomó Les Éditions du Seuil, y en los E.U. está
sucediendo algo con lo cual no pude ni siquiera soñar durante mis
hambres parisinas: Harper & Row tiene la opción, pero Coward McCann
(a quienes Vargas Llosa hizo creer, en una carta, después de leer mi
libro, que era el mejor que se ha escrito en muchos años en lengua
castellana) está dispuesto a quedarse con él. Mi agente (…) ha citado en
Londres a los representantes de las dos editoriales, a ver quién da
más".
Gabo salía del frío del hambre y veía un mundo de cifras
que le estremecía: "El precio que les lleva me parece escalofriante:
10.000 dólares, como anticipo de derechos. Me amarro los pantalones y
trato de poner una cara muy natural". Esa carta en la que ya la suerte
parece echada acaba muy al estilo Caribe: "Muy bien, compadre, se acabó
el carbón". Y ya no habría más carbón; ese libro lo cubrió de oro.
La
carrera ya fue firme, hasta el Nobel. En aquella conversación de
Feliciano con Mercedes interviene de vez en cuando el marido de esta.
Dice: "El Nobel me volvió viejo. Llegó en un momento en el que uno se
convierte en viejo. Ya no me dejo tocar".
La anécdota
Antes
y después del Nobel, García Márquez buscó esos refugios a los que
aludía su hermano Eligio. ¿Melancólico, quizá, solitario? Lo es en grado
sumo, pero él lo gradúa. Durante años, en su juventud y más adelante,
compartió viajes y trabajos, en Europa, en Venezuela, en Colombia, con
Plinio, y este lo refleja en sus recuerdos. ¿Esa melancolía ha existido?
Dice Mendoza: "Francamente no. Los nacidos en el altiplano colombiano,
mundo de vientos fríos y montañas brumosas, tenemos ese rasgo, pero no
los nacidos en la costa Caribe, como Gabo. Más bien son hombres alegres.
Si viven algún drama, saben ocultarlo".
Hubo un drama que hizo
saltar por los aires algunas relaciones y puso en peligro otras. El boom
de la literatura latinoamericana, explosión que tuvo su epicentro en
las obras de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, vivió una tragedia disgregadora, el caso Padilla, por el proceso abierto en la Cuba de Castro contra el poeta Heberto Padilla,
encarcelado en marzo de 1971 a raíz de la lectura pública de un libro
suyo, Provocaciones, estimado por el régimen como una provocación del
escritor.
Vargas Llosa, Plinio Apuleyo, Juan Goytisolo y
muchos otros se manifestaron a favor de Padilla y, por tanto, contra
Castro, en una primera carta a la que también se adhirió Julio Cortázar, que luego se desgajó de ese grupo de firmantes.
En
esa primera carta aparecía la firma de García Márquez, que en realidad
no firmó. Plinio añadió su rúbrica, creyendo que su amigo, al que no
pudo localizar, no tendría inconveniente. Lo tuvo; se lo explicó por
carta, desde América (Plinio estaba en París). Aquel fue un suceso que
abrió muchas heridas. Le pregunté ahora a Mendoza qué repercusiones
personales tuvo aquel incidente en los componentes del boom y sus
aledaños: "Sin duda, esas repercusiones fueron inevitables. La
solidaridad y estrecha relación que unía hasta entonces a los escritores
del boom quedó rota cuando aparecieron posiciones opuestas a propósito
del régimen cubano. No de inmediato, es verdad. Luego de la detención en
La Habana de Heberto Padilla, en las oficinas de la revista
Libre –que se editaba en París y de la cual yo era jefe de redacción–,
Vargas Llosa, Goytisolo, Cortázar, Semprún y otros cuantos escritores
redactamos una primera carta dirigida a Fidel Castro expresándole
inquietudes en torno a esa detención, sin anticipar juicios
condenatorios al régimen. Pensábamos, con evidente ingenuidad, que la
detención de Padilla no había sido autorizada por Fidel. Y, claro, nos
equivocamos. Al recibir la carta, Fidel nos atacó públicamente con una
ferocidad muy suya.
Cortázar quedó muy lastimado, pues era un
incondicional de la revolución y no esperaba semejante ataque. Por
cierto, se negó a firmar una segunda carta de ruptura con el régimen
redactada por Vargas Llosa y firmada por varios de nosotros. En cuanto a
Gabo, como lo cuento en mi libro, no firmó ni la primera ni la segunda
carta. De modo que ahí quedó establecida una clara ruptura entre los
escritores del boom, aunque no necesariamente surgieran enemistades".
Días
después de publicado con gran estrépito por la prensa internacional ese
primer mensaje y sin que Gabo hiciera una rectificación pública, Plinio
recibió una carta personal, escrita desde un hotel de Caracas,
diciéndole que no estaba de acuerdo con ese mensaje. Creo que seguía
considerando la revolución como algo que era necesario defender por
encima de cualquier tropiezo".
Lo cierto es que ahí el boom se
hirió, pero, afirma Plinio, no la amistad entre estos dos colombianos.
"Incluso nos hacíamos bromas. ‘¿Todavía andas de amigo del barbuchas?
(Castro)’, le preguntaba a veces. ‘¿Y tú, qué?’, me respondía, ‘¿te
estás pasando a la derecha?".
Cien años fue su consagración; su
júbilo fue pronto deseo de ocultarse. Años atrás, en La Habana, se había
encontrado, en la otra acera, con Ernest Hemingway; consciente
desde mucho antes de su propia gloria de que la fama te rodea de una
espuma de la que no te puedes salvar, se limitó a gritarle al Nobel de
El viejo y el mar: "¡Maestroooooo…".
Desde que salió ese libro
que tanto sudor le costó y tanto éxito le produjo, se ha sentido acosado
y ha querido quedarse "con los cuatro amigos" de los que habla también
en el curso de esa conversación que Feliciano le hizo a Mercedes.
Al
final del retrato que compone Eligio de cuando Gabriel estaba en el
cénit de su fama, en 1971, escribe el hermano menor del Nobel: "Alguien
le propone que lo acompañe al centro de Bogotá. ‘¿Salir a la calle?
¿Estás loco? En Barranquilla lo hice y hasta los bomberos me
reconocieron’. Pero inmediatamente cambia de tono, feliz: ‘Lo lindo fue
que me saludaron gritando: ¡Gabooooo…".
Quizá quería que Gabriel García Márquez
fuera pianista en Zúrich, para que lo quisieran más, pero a Gabo lo
quería inventando en las calles de cualquier parte, donde le querían
todos.