Ángeles Mastretta/PUERTO LIBRESaben los lectores asiduos de este blog, y lo notarán quienes no lo sepan, que la autora tiene admiración por su hermana. Esto escribió para el periódico Milenio Puebla y se los dejo aquí porque tiene una historia excepcional y porque Verónica la cuenta con gracia y buen juicio. Verán ustedes. Dice así:
“Yo ya no soy de ir a fiestas y esas cosas. Entre otros motivos porque a veces me las tomo en serio, y entonces me tomo, no solo las bebidas de la fiesta sino la fiesta en sí. Muy peligroso. En mi familia soy altamente criticada por departir con todo dios, por hacer migas con el de junto, con alguien que conozco en el mercado, o con quien me ayudó a levantarme después de caerme a media calle. Es una cualidad y un defecto, pero para mí es una ventaja porque siempre encuentro conocidos en todos lados. Esta fiesta de entre semana, a la que fui sin saber ni a lo que iba, porque creí que era la fiesta de un amigo de un señor que no llegó a la fiesta, la verdad es que me resultó fantástica. Me senté en una mesa en donde no pudo haber más risa ni mejor humor. Y junto a mí, un amigo al que no había vuelto a ver desde que trabajamos juntos en lo de la construcción de la alianza electoral del año pasado. Un gran tipo, y su esposa igual. De los que siempre ayudan, de los que saben tener solidaridad con causas que otros consideran perdidas, de los que dan donativos con una mano que la otra jamás recuerda. Entre copa y copa retomamos el hilo de las vidas de cada uno, y como quien no quiere la cosa acabamos hablando de uno de sus hijos que se quedó ciego a raíz de una enfermedad que oxida la retina. El proceso de esta enfermedad es lento, dura unos cuanto meses o años, no tiene remedio, y al final la ceguera es total. Su hijo presentó los primeros síntomas a los 16 años y hoy, a los 25, es totalmente ciego. Pero Jorge y su esposa no habitan en el valle de los lamentos, es más, dudo que lo conozcan. Solo por momentos fugaces, observas una emoción especial al hablar del tema. Nada más. Ahora saben mucho acerca de la ceguera y de lo que ese grupo de seres vulnerables necesitan. Su hijo estudió la prepa y la carrera con los jesuitas. Trabaja con una computadora a la que manda con la voz. Su hijo- dicen ellos- es un afortunado porque tiene estas herramientas modernas que lo ayudan a llevar una vida normal, y además, tuvo la suerte de haber visto durante 16 años. Hay otros niños que nunca sabrán lo que son los colores o un paisaje. Trabaja y es independiente. Es más- me dice Jorge- mi hijo ya no sabe si se adaptaría de nuevo a ver, porque ha aprendido a dominar el mundo de una nueva manera. Hablan de él con la naturalidad con la que yo hablo de mis hijos. No hay pena ni compasión en sus referencias a él. Están tan trabajados internamente que hablar de la ceguera de su hijo es para ellos como hablar del color del pelo de los míos. -¡Caray!, pensé- Y luego como papás nos andamos quejando de que si la hija nos salió respondona o que si la otra no estudió lo que debía, o que si el hijo resultó demasiado independiente, como si la salud y la vida no debieran agradecerse cada día. Dentro de la plática salió que un grupo de muchachos ciegos están buscando un lugar para que los ciegos jueguen futbol. Y aquí la preguntona no podía fallar -¿Pero cómo es que juegan? ¿En dónde? ¿Cómo le hacen?- Juegan- me dijo Jorge- en canchitas de 20 metros por cuarenta, con unos muros que impiden que la bola salga de la cancha. La bola está llena de cascabeles y se guían por el ruido que va haciendo al rodar. El piso de la cancha es de cemento pulido para que la bola suene más y la cancha debe de estar en un lugar silencioso.
-Estamos buscando un lugar bien comunicado y popular, para que los muchachos puedan llegar en camión.
-¿Y ya tienen el lugar? Igual podemos buscarlo juntos, - le dije yo.
-Pues mira, que te hable mi hijo, él es el del proyecto. Así de natural y hasta ahí la plática. Luego agarramos una jarra fenomenal todos los de la mesa. Antier entró a mi celular una voz joven parecida a la de mi amigo. Una voz optimista y segura. Una voz con luz en los ojos, en los oídos, en la lengua, en todo él. Platicamos un breve momento pero me quedó la certeza: tendrá su cancha de futbol, jugará y hará mucho más que otros que quizás pasen gran parte de su vida viendo estupideces en la televisión. Tendrá una vida plena, hará plena la de otros, porque , a diferencia de muchos que están ciegos sin serlo, el ve mucho más allá de sus pupilas, él es de los ciegos que ven y hacen ver a los que sin ser ciegos, actúan como si lo fueran.”
Puntos de interrogación: ¿Verdad que ha valido el gusto dejarle lugar a la historia de Verónica?
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